viernes, 18 de septiembre de 2009

Un llamado, un cuento y la pelota.



Por Arnold Coss



Hace unos días, mientras estaba intentando rescatar del laberinto, algún “nuevo” recuerdo, me llega un mensaje inesperado. Era Cecilia, que desde el otro lado del mundo, me escribía, contándome lo bueno que le había parecido De Recuerdos y Olores, no sin antes aclarar; que como mujer, no le encontraba otro lado, que no fuera el divertido. Ya habían llegado los saludos de Claudio, Rafa y el de Jorge. Un instante después, otro llegó, era Alejandro, un amigo de la vida que me sorprendió con sus líneas.
Hacía un largo tiempo que no teníamos comunicación. Aunque sabíamos de nuestra estima, a veces el tiempo pasa y el registro queda un tiempo como suspendido, como en el olvido.
Inmediatamente le devolví el correo y la respuesta no se hizo esperar. Acordamos encontramos al terminar su programa en la Radio.
Casi sobre las 18 hs. llegué agitado de subir esas enormes escaleras, siempre me hicieron acordar a las de LT 38 Radio Gualeguay, dispuestas de la misma manera y con el mismo color blanco. Con un gesto amable y sonrisa cómplice como pocas, me indicó que pasara, era evidente que nos une un afecto recíproco.
- Vení pasa, pasa Arnold; cebate unos amargos…..
Me senté a su lado, donde el termo y el mate, esperaban dar otra ronda.
El gran Víctor Hugo daba por terminada su tarea, Román a un costado esperaba que el operador diera el ok, para entonces, levantarse y acomodar sus papeles desplegados en la mesa de trabajo.
Entre salidas especiales y propagandas, me comentó sobre su visita a Gualeguay.
- Lo vi lindo! Me pareció más grande que la última vez. El teatro se llenó y con el Turco nos sentimos muy a gustó.
Me contó que se comieron un asado espectacular en lo del Mencho y con su clásica voz de admiración me afirma
- Qué jugador, mamita! Que año el 95 en River. Qué mal le pagaron cuando se fue, no lo merecía. Ramón me parece, se equivocó al dejarlo ir. Susurró a modo de sentencia.
El mate circulaba sin pausa, en un momento; como en un acto de arrojo, con los nervios de un principiante, le puse enfrente dos hojas escritas en tiempo record.
- Alejandro, me harías la gauchada de leer este cuento? Me gustaría tu opinión.
Era mi último cuento, unas líneas, salidas como arrancadas de lo profundo de mis recuerdos.
Me miró con paciencia, no pude descifrar si la oferta lo incomodó, esa es una cualidad impagable, que tienen los que saben de la vida, los que miran con ojos de buena gente, saben cuidarse de no herir sentimientos.
Tomo las 2 hojas, intentó un suspiro, él sabía que era un compromiso, pero su don de gente educada superó el momento y me sentí horrado con su lectura.
Atento, seguí todas sus expresiones mientras leía. Note como avanzó rápidamente los primeros renglones, en un momento arqueó las cejas, como si algo le llamaba la atención, era evidente que se había interesado, levanto la vista, pero la mirada no estaba dirigida hacia mi, sino al gran maestro.
- Víctor Hugo. ¿Tenes tiempo. No te quedas a escuchar?
Me sorprendió el pedido, sabía que le podía gustar, pero de ahí a compartir con él ese momento, me gratificaba por un lado, me inquietaba, por el otro.
Alejandro leyó como en sus mejores galas, sin interrupción el cuento soñado.
Ese que habla de los Sábados a la tarde, de cómo comenzaba el ritual. Después de almorzar y salir como escapandos y rápidamente, con el ultimo bocado en la boca; de esa manera, dábamos por iniciada la ceremonia. Sentarse en el tronquito de lo de Pocho era señal de presencia, a su alrededor, todos los demás tomábamos un lugar.
También habla del momento deseado que llegaba, de cómo los más chicos, esperábamos a ser elegidos y de la agonía de saber que las vacantes no eran las suficientes. Hacíamos “gancho”, para que alguno de los grandes, se hubiese tentado con la siesta y se demorara más de la cuenta.
Habla de aquel equipo, formado para un desafío contra los del Pancho Ramírez. Defensores de Tanque se llamó. Habla de Miguel Britos y sus atajadas espectaculares, de Carlitos Saldaña y sus corridas, del Nene Valiero, el distinto, dueño de una zurda prolija y certera, de Pichi Terragno, el rapidito y de otros tantos amigos de la infancia.
Conté del debut y de nuestro primer partido por plata. De cómo nos corrieron a piedrasos para no pagarnos el ajustadísimo, pero merecido triunfo. Habla de desafíos y de muchas otras cosas más.
Le encastré anécdotas, me acordé de Pity, cuando dejo en su pierna izquierda las huellas imborrables de un alambre de púas, en la chacra del gordo Dunat. El mismo con el que una foto en blanco y negro nos retrató, mostrando la realidad de un pasado sin distancias. Como cuando con Juana mi amigo entrañable, aprendimos a llamarnos con silbidos en clave, era la señal para ir a jugar incansables, con alguna pelota improvisada y escaparnos de la siesta obligada.
Ese cuento, también narraba; como era vivir pensando solamente en la pelota. Que el tiempo despierto debía estar ocupado casi con exclusividad, a su majestad, “la redonda”. De cómo pegarle, como correr con ella de compañera; de cómo dormir abrazados, era como no desprenderse nunca del tesoro más preciado.
Habla también de cómo se perdió, sábado a sábado todo vestigio de aquellos días.
Cuando terminó su relato, me pidió inmediatamente permiso para poder contarlo en sus actos, al momento que recibía el consentimiento del maestro. Se lo veía satisfecho por lo que había escuchado. Román, hombre de palabras como poco, estaba callado, pensativo, señal evidente que también le había gustado.
Sentí un placer enorme al ser felicitado, el apretón de manos, fue un premio más que suficiente.
El sábado, Alejandro lo leyó en su programa. El productor, se asombró. El teléfono no paró de sonar, los e-mail llegaron a montones. Mujeres, hombres y chicos, pedían que lo repitiera y quizás un día de estos lo haga. Les garantizo, que ustedes también lo van a pedir y disfrutar como todos ellos. Estoy seguro también se emocionarán y porqué no, una lágrima les ruede como al pasar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Caricias y algo más...


Por Arnold Coss


Julia festejaba los 15 años de Mariana su única hija. Había tenido muchas privaciones, hasta de las más básicas, pero nada importaba, solamente la fiesta de cumpleaños de su amada niña la hacía sentir completa. Mantenía contra viento y marea su objetivo, lograr darle la mejor de las sorpresas, la alegría más soñada.
Durante un año caminó las 20 cuadras a su trabajo, tenía que ahorrar. Desayunaba un té con leche que le ofrecían cuando tomaba su turno en la fábrica, comía con ansias el pedazo de pan con manteca y sus ojos brillaban, se sentía nuevamente en forma.
Julia sabía de miradas escondidas, caminaba siempre con sutileza, jamás la vi. correr, nunca la vi detenida.
Cuando supo que estaba embarazada, estallo en lágrimas, el mundo se abría a sus pies en la sala de maternidad del Hospital San Antonio. Instintivamente se cubrió la cara con sus manos, tomo aire como para explotar en un llanto contenido, pero no. Levantó la vista y el póster del feto dentro de un vientre la dominó. Habían pasado dos minutos de la noticia, demasiado tarde para lágrimas se suele decir. Ella así lo entendió y su vida, no volvió a ser la misma.
No sabe exactamente cuando fue ni con quien, el sexo era un juego, lo verdaderamente importante eran las caricias que recibía y detrás de ellas imaginar como serían las de un padre que nunca conoció.
No se contenía a la hora de actuar, conquistó y fue conquistada. Le tocaron amantes torpes, desconsiderados, novatos, experimentados, lo que fuese, lo importante era ser acariciada y sobre esa balanza, sostenía o no a sus hombres.
He escuchado muchas historias, pero la de ella me emocionó en aquel momento y me emociona ahora en el relato.
Me describió un lugar, un instante; pero no al joven que estuvo con ella. El también le había preguntado por su vida, sus inicios, sus gustos, sus tentaciones, sus miserias, todo eso a cambio de caricias y algo más.
Una noche muy fría de Agosto, se encontró con lo que había salido a buscar. No tardo mucho en estar nuevamente tirada en el piso, sobre una frazada que olía a humedad, puesta para simular una improvisada cama, en el centro de esa gran habitación. El lugar sí le llamó la atención y ciertamente nunca fue de reparar en ellos, pero este tenía un olor a madera antigua recién pulida.
La casa, con típica fachada de las de los años 30, tenía un portón enorme de madera, accesorios de bronce, el receptor de correspondencia y el llamador en forma de puño. Las ventanas laterales a la calle, el pequeño balcón con sus rejas artesanas. Un pasillo de ingreso, dos escalones de mármol blanco, que contrastaba sutilmente con el beige de los mosaicos. La recepción, donde años después un gran sillón colonial de tres cuerpos y sus dos compañeros individuales, se disponían cercando una mesa ratona con tapa de vidrio. Las habitaciones principales a los costados, techos interminables y una sensación de frío inevitable, contrastando con el calor de hogar que siempre brinda el piso de parquet. Durante el día su amante de ocasión, los había estado puliendo con viruta y sus manos habían quedado ásperas y maltratadas.
Las caricias de esa noche no fueron las esperadas, si bien no las pedía, cada uno de los que compartieron su intimidad, sabían de su especial preferencia. Llegaban como obligadas, sin pasión, no tardó en sentirse molesta, necesitaba otro aire. Siempre fue directa, este caso no era la excepción, no tenia tiempo para sutilezas, imaginó que aún podía tener otro encuentro, la noche no terminaba, saludó y se fue.
Algunos fantaseaban con favores extras si eran aplicados, y mis amigos, les afirmo que luego de uno de esos favores, ya no había nada más. El recuerdo seguramente sería atesorado, difícil de arrancar, y mientras el mito crecía, la tentación era irresistible.
Un par de meses después, Julia dedujo que quizás esa noche, fue donde adquirió su nuevo estado y junto con esa duda, inevitablemente el olor a madera pulida la seguía perturbando.
A medida que su panza crecía, supo soñar que se mecía en un sillón, mirando por detrás de las cortinas transparentes, una calle vacía a la hora de la siesta, con el hogar prendido y el humo saliendo por la chimenea en esa habitación que ya no estaba vacía.
Aunque su realidad estaba a muchos años de distancia, el solo imaginarlo, le producía una ternura muy especial, la mantenía como en un sueño, como si algo mejor siempre podía llegar.
Mariana calcó la historia de su madre, llegó a su mundo, pero nunca entró al mundo de su padre. El, quizás contemple sin saberlo, algo de lo profunda y silenciosa de la mirada de Mariana, cuando se mire, en los ojos de la que cree de su única hija.
El día llegó, la fiesta fue como soñó, amigas, baile, el chico esperado estuvo más lindo que nunca, según sus dichos. En mitad de la noche, así, como de la nada, mientras su amada hija, se retrataba al costado del hogar prendido, en un rincón del salón, recordó aquel olor a madera pulida. Me juró que era ese mismo exactamente y me di cuenta en el brillo de sus ojos, que me decía la verdad. Estaba repasando “su” vida silenciosamente; en medio de tanto ruido y tanta alegría. Mañana, el día sería distinto, pero ahí, parada en un costado, como queriendo disimular su presencia, sintió las viejas ganas que creía abandonadas. Estaba nuevamente con las cosquillas de sentir lejanas caricias, y por que no, darle otra oportunidad, a aquellas de manos gastadas.

martes, 21 de julio de 2009

La llave de un triste recuerdo ( Parte 1)


Por Arnold Coss




Una amiga me consultó sobre como sería conveniente explicarle a su hijo que su padre pronto ya no estaría más. Una pesada enfermedad terminaría irremediablemente con sus días. Me afectaba y mucho esa pérdida inminente. Miré al costado y los ojos de Juanma jugando en un rincón se me cruzaron, imaginé preguntas, respuestas, conclusiones y todo me llevaba a un lugar común, se había abierto una puerta que encerraba un triste recuerdo olvidado, y la llave estaba en esa mirada.
Cuando mi vida en la escuela primaria comenzaba a tener su parte divertida, nada hacía tambalear nuestra frágil condición de niños motivada por un solo propósito, jugar y jugar, nada era más importante sin dudas.
Una mañana como tantas otras, llegamos al aula y la seño nos recibió titubeante, como que no encontraba la forma de explicar algo inexplicable. El papá de Laura, había fallecido. La continuación del relato fue contundente. Para nuestras infantiles mentes, fallecer es alguien que muere y la muerte es una pérdida. Qué pérdida más terrible existe que el fallecimiento de nuestro padre?
Mis amigos fue un gran impacto el que sentí y 35 años después recuerdo cada momento de ese día, pienso en las cabezas mirando el piso de todo un aula de chicos que no terminaban de entender. La explicación había sido dada, la orden fue, ahora calladitos vamos a la casa de nuestra compañerita, no hablamos entre nosotros, y la acompañamos en este momento tan terrible. Allá fuimos. Unas cuantas cuadras. Mirábamos de reojo las hamacas de la plaza San Martín, una brisa llegaba desde ahí, era inminente que lloviera, el cielo estaba más gris que de costumbre, todo encajaba, la sensación de angustia aumentaba.
Siempre me pregunté qué me hubiese pasado a mí en esa circunstancia y menos mal que no la vivía, mis padres eran míos y ese sentido de posesión incluía a cualquier cosa terrenal o no que intentara apoderarse de ellos.
El velatorio se había dispuesto en el garaje de la casa. Una casa cálida con tejas a 2 aguas, un intenso aroma a leña quemándose en hogar y la humedad que ya había invadido el lugar. Ahí estaba el cajón. Siempre me sonó despectivo decir cajón, pero por aquellos años mi caudal de palabras se limitaba a lo mínimo e indispensable, como para hacerme entender. Unas cuantas coronas hechas con apuro, familiares que irrumpían incrédulos y el cambio en sus rostros cuando la realidad golpeaba sus frentes.
Los besos, los interminables abrazos, las maldiciones en voz baja, la tristeza infinita, y nosotros un grupo de 15 chicos, espectadores mudos, más allá de nuestra lógica ignorancia ante la pérdida, más allá de nuestro silencio, más allá de todo eso, creo que no les miento si les digo que escuchaba a mi cerebro pedirme que me calmara.
De aquel día gris, me quedaba una pregunta y esa misma pregunta tantísimos años después, mi hijo de 5 años, me la hacía también a mí.
-Cómo se hace para vivir sin tu papá?
Qué difícil, muy difícil, cómo explicarlo, cómo hacer entender que el tiempo juega su papel. Si hasta ayer ese padre le dio a Laura su beso de las buenas noches, con la promesa se llevarla a la escuela como todas las mañanas. Como explicar que una arteria disparo un río de sangre fuera de control. Cómo explicar que nuestro DIOS se los lleva para darle otro lugar, mejor que el que tiene con nosotros?
Qué difícil, muy difícil, tanto, que es mejor ignorar esa posibilidad, dejar que otros intenten vanamente explicaciones de ocasión.
Tantos años después, esas imágenes me llegan. La vuelta al cole fue terrible. Creo que conté una por una todas las baldosas de las veredas caminadas. Ese día, en algún punto marcó un camino, el de que todo puede suceder, y nuestros seres más queridos y protegidos, vaya a saber por qué extraño designio se pueden ir para siempre.
Laura hoy no es mi amiga, ni siquiera puedo retener su última silueta, porque de ahí en más cada vez que la ví, ya no fue la misma, tenía la pesada mochila de saber que no era igual a mí y yo no quería ser como ella. En un tiempo hasta tuve miedo de pasar por su casa.
Cuantas cosas más habré pensado con el tiempo, cuantas fantásticas historias habrán quedado en otro rincón...lo que sí estoy seguro, es que este triste recuerdo, me seguirá acompañando para toda la vida ….
A la memoria del papá de Laura Zignego (Q.E.P.D)

martes, 9 de junio de 2009

Pasacalles

"textual"

Me acuerdo que salí de casa una mañana y ahí lo vi. “Felicitaciones, te lo merecés, te queremos mucho. Papá Mamá y tus hermanos”. Algunos dibujos y letras de colores. Ahí estaba a la vista de todo el barrio el pasacalles que me habían puesto mis familiares luego de recibirme. Me sorprendió, les agradecí el gesto y después me saqué una foto en medio de la calle.
Al día siguiente me dice un vecino, “Nena, ¿porqué no le decís a tu papá que lo baje antes que te lo arranque el camión de la basura?. Y así fue, papá se subió a una escalera que yo sostenía de abajo, lo enrolló y me lo dio. Un día estuvo colgado.
Ayer, poniendo orden en casa, lo vi. En un rincón, solito, sin llamar demasiado la atención. No sé para qué lo guardé, pero lo guardé. Cuando alguien venía a casa, mi mamá le contaba que me habían puesto un pasacalles y yo les mostraba que lo conservaba.
Solo era un rollo de tela gigante apoyado contra la pared, tapado por la cortina. Desplegarlo imposible, necesitaba unas cuantas personas para estirarlo y ver que decía. La pregunta es ¿para qué? Hace 6 años que está en el mismo lugar. Tirarlo me da culpa, pero no sirve para nada y junta mugre.
Quizá hubiese sido mejor que esté en la calle hasta que se rompa y listo. Pero no. Lo cuidé y ahora no sé que hacer con él.
A veces cuando paso por una esquina y veo uno que dice “Felicitaciones Doctor Arrieta, te amamos nosotros” pienso qué hará el Dr. Arrieta con todos esos metros de arpillera plástica que expresan orgullo y amor. Muchas veces imagino tocando timbre y hacerle directamente la pregunta al doctor Arrieta.
Cuando veo esos pasacalles que dicen “Perdoname Tatiana, sos lo más importante que tengo, te amo dame otra oportunidad, Ramiro”, pienso que macana se habrá mandado Ramiro, cuán enojada está ella y si por el hecho de ponerle un pasacalles se puede recuperar la relación. ¿Qué porcentaje de efectividad puede tener? Imagino que Tatiana descubrió a Ramiro con su profesora de Yoga haciendo una pose rara y se comió la cabeza. Quizás Ramiro es inocente y en el pasacalle manifiesta sus sentimientos reales y sinceros.
Pero también podemos pensar que Ramiro le chocó el auto, le afanó guita y la engaño a Tatiana con una ex compañera que encontró gracias al Facebook.
Ahí el pasacalle es el ultimo manotazo de ahogado.
No se si sirve de mucho. Por lo pronto, yo no se que hacer con el mío. Si alguna chica se llama como yo y se recibió en el 2003 y tiene padres y hermanos que la quieran mucho, se lo dono, los recuerdos mejor que ocupen un lugar en nuestro corazón, en nuestra memoria. ¿Suena cursi? Ok, pero por lo menos no ocupan lugar en la casa.

sábado, 6 de junio de 2009

El Intruso

Unos cuantos años después que yo nací, mi padre conoció a un extraño en nuestra pequeña población en mi país.
El, quedó fascinado desde el principio con este recién llegado, encantador personaje, y rápidamente le invitó a que viviera con nuestra familia.
El extraño aceptó y desde entonces ha estado con nosotros.

Mientras yo crecía, nunca pregunté su lugar en mi familia, en mi mente joven ya tenía un lugar muy especial.
Mis padres eran instructores complementarios: Mí mamá me enseñó lo que era bueno y lo que era malo y mi papá me enseñó a obedecer.
Pero el extraño era nuestro narrador. Nos mantenía hechizados por horas al extremo con aventuras, misterios y comedias.

Si yo quería saber cualquier cosa de política, historia o ciencia, siempre sabía las contestaciones sobre el pasado.
¡Conocía del presente y hasta podía predecir el futuro!
Llevó a mi familia al primer juego de las ligas mayores de fútbol.
Me hacia reír, y me hacia llorar. El extraño nunca paraba de hablar, pero a mi padre no le importaba.A veces, mi mamá se levantaba temprano y callada, mientras que el resto de nosotros
estábamos pendientes para escuchar lo que tenía que decir, pero ella se iba a la cocina para tener paz y tranquilidad. (Ahora me pregunto si ella habría rezado alguna vez, para que el extraño se fuera.
Mi padre dirigió nuestro hogar con ciertas convicciones morales, pero el extraño nunca se sentía obligado para honrarlas. Las blasfemias, por ejemplo, no fueron permitidas en nuestra casa…
No de nosotros, ni de nuestros amigos o de cualesquier visitante.
Sin embargo, nuestro visitante de largo plazo, lograba pronunciar la palabra esa HP que quemaban mis oídos e hicieron que mi papá se retorciera y mi madre se ruborizara. Mi papá nunca nos dio permiso para usar alcohol de manera liberal.
Pero el extraño nos animó a intentarlo sobre una base regular.
Hizo que los cigarrillos parecieran frescos e inofensivos, y que los cigarros y las pipas se vieran distinguidas. Hablaba libremente (demasiado) sobre sexo.
Sus comentarios eran a veces evidentes, a veces sugestivos, y generalmente vergonzosos.

Ahora sé que mis conceptos sobre relaciones fueron influenciados fuertemente durante mi adolescencia
por el extraño. Repetidas veces lo reprendieron y raramente le hizo caso a los valores de mis padres y NUNCA le pidieron que se fuera.

Más de cuarenta años han pasado desde que el extraño se mudó con nuestra familia.
Desde entonces ha cambiado mucho y ya no es casi tan fascinante como era al principio.
No obstante, si hoy usted pudiera entrar en la guarida de mis padres, todavía lo encontraría sentado en su esquina, esperando a alguien para que escuchara sus charlas y para verlo dibujar sus cuadros.

¿Su nombre? ¡Nosotros lo llamamos televisor!
¡Ahora tiene una esposa que le llama
Computadora y un hijo que le llama Celular!

Nota: Se requiere que este artículo sea leído en cada hogar .

miércoles, 20 de mayo de 2009

Aprendí y Decidí
Y así después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar!!!!!!!!
Decidí no esperar a las oportunidades
Sino yo mismo buscarlas.

Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución,
Decidí ver cada desierto como oportunidad de encontrar un oasis,
Decidí ver cada noche como misterio a resolver,
Decidí ver cada día como una nueva oportunidad
de ser feliz.

Aquel día descubrí que mi único rival no era mas que mis propias debilidades,
Y que en estas, está la única y mejor forma de superarnos.

Aquel día deje de temer a perder y empece a temer a no ganar,
Descubrí que no era yo el mejor y que quizá nunca lo fui,
Me dejó de importar quien ganará o perdiera, ahora me importa simplemente
Saberme mejor que ayer.

Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino
jamas dejar de subir.

Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener
El derecho de llamarle a alguien “amigo”.

Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento,
“el amor es una filosofía de vida”

Aquel día deje de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados
Y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente;
Aprendí que de nada sirve se luz si no vas a iluminar el camino de los demás.

Aquel día decidí cambiar tantas cosas.
Aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad!!!!!

Desde aquel día ya no duermo para descansar,
Ahora simplemente duermo para soñar….

miércoles, 13 de mayo de 2009

Un Secreto Conocido


Por Arnold Coss


Cómo música de fondo suena incansable el potro cordobés y su “Cómo olvidarla, cómo olvidarla….”, podría traerme la imagen de alguna imponente mujer por ejemplo, pero no, no en esta ocasión. La imagen es bastante más patética, es la imagen de Clara María de las Mercedes Carreras, alias la pirata.
El por qué de semejante apodo, se sabría tarde o temprano. Para los que lo descubrían temprano, todo bien, no pasaba de un susto, tragar saliva y decidir en el momento. Por lo general la escena se repetía con un mismo final, corridas, pantalones a media asta, camisa al viento y la puerta como llegada triunfal, después un pasillo interminable y otra puerta más a la calle. Esa calle que los recibía silenciosamente, aunque en cada cabeza retumbara un coro de ángeles cantando Aleluya, Aleluya. Así era mis amigos la liberación.
Preguntarán que causaba tanto espanto, ahora se los cuento, pero antes permítanme una breve introducción.
A los 15, allá por el año 78, conseguir los favores sexuales era toda una aventura. La lógica era ir a la famosa Guampa de Oro con su más amplia gama de propuestas carnales; pero los valores de acceso más el pago de los tragos previos, superaban los magros ahorros. Salvo en mi cumpleaños, tener dos billetes juntos el mismo día era los más parecido a ser un triunfador, y el destino de esos billetes tenía un único objetivo aquel día: quería, necesitaba, imploraba tener sexo.
A esa edad, el pensar en acostarse te remitía con exclusividad a un “quilombo” y los servicios de una prostituta que cuanto más joven y menos “usada” mejor, pero como en toda transacción, para este nivel de oferta, el precio subía a escalones casi de lujo, por eso la elección del lugar cambiaba desde lo estético de la casa, a lo estético corporalmente hablando. Es aquí donde llegamos a “la pirata”, la receptora de casi todos los desesperados con esperma urgente y bolsillos esqueléticos.
Mi por entonces amigo Manolo Galván, conocedor experto de bulines y afines, sabiendo de mi necesidad comentada al paso, me recomendó a una señora, que si bien ya estaba entrada en edad, atendía sutilmente todas las demandas y con eso, explotaban aún más mis fantasías.
Allá me fui. Me extrañó que no me acompañara pero no importó, era cuestión de minutos y cuanto menos testigos mejor. Era un trámite del cual uno podía andar alardeando alegremente.
A las once de la noche, el frío era casi insoportable, el viento pegaba en mi cara y esa sensación de temblor interno constante. Ya era una decisión tomada e irreversible, si o sí tenía que concretar el objetivo.
Llegando a las cinco esquinas la ví, no hubo necesidad para disimulos. Las calles estaban vacías, la encaré de una, aún hoy me sorprende tanta determinación. El acuerdo fue inmediato hubo un pedido, un precio, la típica respuesta buscando rebaja y la suma casi de oferta reparaba en algo una noche con poco trabajo. Las instrucciones no se hicieron demorar
- Andá nomás, entrá por esa puerta (señalando un portón de chapa oxidado), seguí hasta el fondo que hay una puerta verde, entrá y acostate que ya voy.
Amigos, nada hasta acá hacía sospechar que algo no estaba bien, todo seguía un curso normal. Ni mi edad y mis ganas contribuían a no pensar demasiado. El momento del acto era inminente y esa sensación estaba muy presente en mi cuerpo.
Una foto de ella bastante más joven en la pared de ese cuanto decorado con un gusto principiante, alejó una posible sorpresa, ella era ella. Una estufa a kerosén consumía el ya de por sí enrarecido oxígeno, el catre, las sábanas, una palangana con agua al costado, un jabón blanco semi partido y un velador con luz roja en un foco de 40w, todo a media luz, todo como eran las piezas de los bulines conocidos, con más o menos detalles. El lugar era lo de menos, ya casi estaba desnudo cuando escuché sus pasos en el pasillo, la respiración se me entrecortaba, no me acordaba del frío y el traqueteo de los dientes había desaparecido.
Tengo que admitir que la puesta en escena estaba acorde al precio inicial y quizás el pedido de rebaja me jugaba en contra, porque si se me antojaba un segundo round, la excusa del “tengo solamente cuatro pesos” no me daba oportunidad, salvo, y eso lo pensé mientras caminaba por el lago pasillo de entrada, que le ofreciera el flamante atado de cigarrillos que había comprado un rato antes, cuyo costo sumado era en definitiva el valor de la tarifa oficial.
La pirata entró, se acomodó en la única silla del cuarto, me miró fijo, y mientras se sacaba la ropa me preguntó la edad. Obviamente le mentí
- 17 le dije.
Estoy seguro que no me creyó pero ya no importaba. Cuando quedó en corpiños mi erección era tal que no sabía si podía resistir que se los sacara. Se paró suavemente y se sentó al borde de la cama de espaldas hacia mí. Allí veo que se saca la pollera, hace una rara maniobra y un suspiro como de alivio. Casi no contenía mi jadeo, el momento estaba ahí, todo lo planeado durante días estaba en mis narices, sólo faltaba lo mejor. La sensación de carcajada inminente se desdibujó en un instante; la pirata me revelaba un secreto sin palabras, el que todos conocían pero nadie informaba, ni yo lo haría jamás, por temor a ser señalado o burlado como los clientes. El secreto se me presentaba de la peor manera, en el peor momento y mis 15 se redujeron a cinco cuando me salió aquel grito de terror provocado por la increíble imagen de una pata de palo que ella apoyaba sobre la mesa de luz mientras me preguntaba tímidamente:
-¿te molesta si me la saco, así trabajo más cómoda?

Con los años supe por qué motivo “la pirata” perdió su pierna. En un fallido salto en alto por el alambrado de púas de tres hilos, mientras huía de su patrona, a la que le disputaba los favores amorosos. El galán era capataz de la estancia Las Flores, allá, pasando el arroyo Clé, saliendo de Gualeguay. Pero esa, mis amigos, es otra historia….