martes, 22 de junio de 2010

Me caí del mundo y no sé cómo entrar.... (para mayores de 30)

Por Eduardo Galeano
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. ¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida! ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces. ¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros? Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII) No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín. Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'. Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!! Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.

viernes, 12 de febrero de 2010

Hombre trabajando

En unos días Uds. podrán disfutar de una nueva historia.... paciencia, hombre trabajando.

lunes, 21 de diciembre de 2009

FELICES FIESTAS

Para los seguidores habituales y a los eventuales también, mi más afectuoso saludo, en las fiestas venideras. Les agradezco, la paciencia, los comentarios y las criticas.
Atte. Arnold Coss

viernes, 4 de diciembre de 2009

La Pirata, sus primeros pasos...( Parte I)

Por arnold Coss

Al cumplir sus 12 años, a Clara María de las Mercedes Carreras, le pasaron dos cosas muy importantes. Por primera vez se indisponía y lo poco que le habían contado (casi nada), solamente sirvió como un aviso. Los síntomas y el malestar no estaban en sus planes ni remotamente. La segunda, fue la noticia menos esperada. Ya tenía la edad adecuada para ser internada en el colegio de pupilas.
Era de esperar que su padre Juan Antonio, fuera de pocas palabras y hasta se diría insensible en las expresiones, pero el mismo día de su cumpleaños, a la hora del almuerzo y sin rodeo previo, darle semejante noticia, solo hizo acrecentar la necesidad de querer irse y cuanto antes mejor.
Dejaba tres hermanos menores y uno mayor. Pedro, tan solo un año y 13 días mayor, ya era todo un capataz, su vida se limitaría a la estricta vocación de empleado de estancia y su función principal, solamente se desarrollaría en el horno de ladrillos. El barro pisado a caballo, mezclado con paja, serían su primer conocimiento técnico. La carga del barro preparado y el moldeado en las bandejas, la parte de fuerza. El secado al sol, puestos en la cancha a 45° grados serían su paciencia y finalmente, ponerlos a calentar dentro del inmenso horno de ladrillos, la culminación de una obra tan noble como rutinaria. Así se irían uno a uno los días de Pedro y quizás de sus hermanos menores. Para Clara María de las Mercedes, otro destino comenzaba a escribirse.
Recorrido los veinte kilómetros hasta el pueblo, esta vez sin el vestido blanco, como cuando la llevaban a misa en las fiestas patrias, bajó del sulky con su bolsito hecho de arpillera y tientos, unas pocas prendas y los ojos nublados, que empezaban a extrañar, lo que sabía no volvería a ver por mucho tiempo.
Su madre Olga Anastasia Díaz, no se esforzó en la despedida, siempre a las sombras de su esposo habían curtido sus pensamientos. Un hasta luego hija, fue suficiente, después los quehaceres de la casa, no la dejaron distraerse demasiado.
Un día entre copas me contó que la frase del libro Don Segundo Sobras, “me fui como quien se desangra”, la identificaba de cuerpo entero en aquel momento.
Habían pasado varios meses de aquel triste 15 de octubre de 1962, no volvió a ir a su casa por varios motivos. Algunas veces la lluvia hacía intransitable el camino de tierra, otras el calor abrazante, impedía que los caballos hicieran en un solo día los 20 Km. Ida y vuelta y otros, porque -en las casas, no se puede parar de hacer las cosas, como para andar de viaje, mija.- fueron las únicas palabras a modo de disculpas que le dio su madre, en el ultimo y fugaz encuentro.
La escuela fue un trámite, tan habida de conocimientos estaba, que llegar al tercer año no le costo demasiado.
Cuando la Hermana Superiora, le comunicó que ya era hora de empezar a trabajar, supo que venía otra nueva vida. Sus días en el claustro estaban contados. Las salidas serían una forma de volver a escapar.
No dejaba nada a sus espaldas, sus ocasionales compañeras pupilas, no habían sido de mucha ayuda en cuanto a la comunicación y las ocasionales compañeras de grados, no se dirigían hacia ella, más que con palabras de compromiso.
Fue muy dura la vida en el internado de señoritas y muy rigurosa la enseñanza religiosa, con lo que pasaría mucho tiempo, hasta que empezara a sentirse liberada.
A los 17 años, ya era una mujer de figura armónica, su pelo negro, ya no tenía los rasgos amarronados del quemado del sol de cuando era chica. Su educación alcanzaba, para expresarse adecuadamente y su sonrisa florecía sin disimulos cuando tomaba el vuelo de lo espontáneo.
Así fue como llego con su vida, a la estancia Las Flores, propiedad de Don Luciano Fortabat, hombre adinerado e influyente como pocos. Alguna vez, se lo supo ver por Gualeguay, aterrizaba con su avión particular y salía en la Estanciera que lo esperaba al pié de la pista. Cuentan que le encantaba manejar a grandes velocidades y puede ser nomás que así sea, porque una tarde, arranco de cuajo una tranquera, por no frenar a tiempo.
En esa estancia Clara María de las Mercedes, hizo sus primeros pasos de trabajo. Siempre con su gesto amable, bien parada y de impecable uniforme.
Fueron necesarios unos pocos años, hasta convertirse en la ama de llaves ideal. Sabía leer, escribir, muy prolija en su quehaceres, con la que el capataz, Don Carlos Torrente, la puso al mando de toda la servidumbre. Este liderazgo incluía a los peones, jardineros, y proveedores que diariamente circulaban por el casco de la estancia.
Tanta capacidad y manejo en el trabajo, acrecentó aún más su figura como mujer. No pasaba desapercibido su cuerpo y los ojos que se posaban en ella, ya no eran solamente de la peonada, todos los visitantes ocasionales o no, de los patrones.
Así fue como una tarde Don Carlos, no se permitió el lujo de solamente desearla y la abrazó con fuerzas, en un santiamén los dos estaban en el piso, la alfombra fue testigo de la primera relación sexual de Clara María de las Mercedes, su vida una vez más cambiaba drásticamente.
No es sencillo contar lo que paso luego. Arrumacos, visitas a escondidas, corridas en el campo, miradas disimuladas en los fogones, escapadas al pueblo a ver, vaya a saber que cosa. Todo eso paso en seis alocados meses.
La realidad golpeo su puerta, la tarde que la Sra. de Don Carlos, anunciaba su cuarto embarazo. Era brava la señora y tenía entrenada a su gente. Seguramente a estas alturas ya sabía lo del romance y ahora en este estado no dejaría que su esposo siguiera buscando favores, fuera de su cama.
Nunca se prometieron nada y seguramente en sus pensamientos sabían de lo efímero que podía ser la historia que los unía. Don Carlos, capataz como pocos, altanero y bravo con sus retos, tenía su talón de Aquiles y ese eran sus hijos. Los gemelos Facundo y Fernando de 10 años y Juana de 6.
La patrona, como le decían en la estancia, no se quedaba atrás en sus mandos. De malos modales, siempre al borde de la histeria, con el grito listo para salir sin importar el destinatario. Fue ella quien decidió dar el paso adelante, nada se movía sin su consentimiento y enterarse del romance no le tomo mucho tiempo, quizás acostumbrada a las aventuras de su esposo.
Una tarde, en plena siesta, donde lo único que se escuchaba era el incesante chirriar de las chicharras, comenzaron los gritos. La patrona amenazaba sin retazos a María de las Mercedes. Los insultos fueron creciendo en tenor y volumen. La paisanada y el personal de servicio, se encontraron al pie de sus catres, como esperando saber como terminaba la disputa. El estruendo producto del disparo de una escopeta recortada, los sobresaltó, el estallido de un vidrio, el ruido a pasos acelerados, otro disparo y el grito desgarrador que significaba una sola cosa, el tiro había llegado a destino.Con el último esfuerzo, Clara María de las Mercedes, había llegado, hasta el alambrado que separaba los corrales del parque perimetral del casco de la estancia. Jadeando y con su pierna derecha ensangrentada, a la altura del muslo, se trepó hasta el tercer hilo del alambre de púas y allí no resistió el dolor, quedó colgada, el dolor insoportable dio paso al desmayo. Se despertó tres días después en una cama de sabanas blancas del hospital San Antonio, entre adormecida, desorientada y con mucha sed. Allí recibe la otra gran noticia que cambia su vida drásticamente, su pierna derecha había sido amputada y el mundo peso como plomo en sus hombros. Nada sería igual después de eso, la vergüenza, el alcohol y la prostitución fueron sus siguientes pasos, pero ese cuento, la tienen como protagonista en otra historia.......
(Ver Un Secreto Conocido)

martes, 3 de noviembre de 2009

La Lluvia y mis recuerdos...

por Arnold Coss
Adonde va la gente cuando llueve, se preguntan Pedro y Pablo desde el ordenador. La verdad, es una pregunta en la que uno nunca queda mal cuando la hace, da lugar a la charla, es imaginativa en la búsqueda de respuesta.
Hace unos 25 años, me reí fuertemente cuando Carlos Artesi, “artezaun” para los amigos, respondió sin disimulos,
- Me encantaría estar en casa, leyendo el Gráfico, comiendo tortas fritas y tomando mates con mi mamá.
Hoy extraño las tortas fritas de mamá y mucho más a ella, me encantaría verme en el mismo cuadro. La respuesta de mi ex compañero ya no me causa gracia como entonces.
Cuando en el piso 13 de Paraguay y Billinghurs, sacaba las ollas al bacón, para escuchar el sonido del golpeteo de las gotas y así recordar fugazmente mis sonidos de la casa en Gualeguay.
La lluvia nos presenta melancólicos. Recordaba las interminables tardes nadando en los zanjones de la calle 25 de Mayo, cuando aún era de tierra, ahí nomás, donde hoy está el cuartel de bomberos. Ni hablar de los más peligrosos y torrentosos que nos llevaban sin demoras hasta las puertas del viejo aeroclub, en la calle ancha. Si hoy viera a mis hijos haciendo semejante cosa, creo que no resistiría al infarto.
Pienso en aquella navidad, que inició una pedrada como jamás se recuerde. Aún hoy 30 años después se dejan ver algunas persianas maltrechas. No la olvidaré y creo que todos los que la vivimos recordaremos el golpeteo incesante, atormentador. Con mi hermana María Elena, sosteníamos con toallas la ventanita de vidrio de la puerta principal, amortiguando los golpes, mientras el techo se llenaba de uno y cientos de agujeros. Gualeguay quedo desbastada. La imagen de la calle con millones de hojas en el piso. La piedra como un gran bloque de hielo, apilada contra las casas. Todos los que en familia compartíamos la tarde quedamos atónitos. La casa de mis tíos sufrió también averías, el llanto de Alcira quedo en mis oídos. La lluvia termino de completar el caos y el agua entrando por todos lados.
Las historias de aquel día se fueron multiplicando, las anécdotas tomaron dimensiones difíciles de creer, aún cuando fueron vividas en el más cruel de los miedos. El miedo al rigor de la naturaleza, miedo a no encontrar un lugar libre del espanto.
Esa pedrada me mostró repentinamente, lo frágiles que somos ante nuestro universo inmediato y la lluvia me dejo un recuerdo de miseria, el de no poder controlar algo tan sencillo, algo tan mundano. Nuestro techo dejaba de ser seguro y con el, buena parte de mi inocencia.
Ver llover durante días y escuchar en la radio, los centímetros del río en Puerto Ruiz, en el arroyo Clé, en el balneario municipal, era como tener la información de primera mano, una crónica sin piedad para los cientos de inundados. Cada centímetro contaba como metros, cada centímetro los arrastraba un poco más y en ese poco a poco seguir perdiendo su lugar.
Siempre me imagine como que el río les pedía prestada sus cosas por un rato.
La lluvia traía desconsuelo y pavor para Anamaría. Ir o volver de la Rivera, en Tapalqué, representaba un desafío incontrolable. La angustia y desesperación se acrecentaban al ritmo de los metros avanzados. Suplicar internamente a Díos por el arribo a destino. El barro representaba las peores de sus pesadillas, el llanto contenido, era su peor pesadilla.
Las lluvias de Camboriú, nos dieron una visión distinta, era la playa, los días de oro, la imagen real del que me importa. Que lloviera todo lo que quisiera, seguro en un rato cuando te canses, voy a seguir siendo el mismo, solamente un poco más húmedo.
El adentro en una tarde de lluvia, sin chicos pululando y sin sueño apresurado, trae en este momento, el más lindo de los recuerdos, siempre y cuando, se este pensando, en la mejor de las compañías.
Al “chino” Bruzone le gustaba caminar por Av. de Mayo, cuando la lluvia le daba en la frente, así, sin preocupaciones, con el destino por delante y el chapoteo en los pies. Algún analista, se haría una panzada con ese relato.
Un amanecer con lluvia, puede ser tedioso, si tenemos que salir. Puede ser alentador, si podemos remolonear lo que queramos. Puede ser espantoso si el día de parque con los amigos, termina suspendido.
Las tardes de lluvias, perdidas jugando al ajedrez, por horas y horas, con mi amigo Rafa, allá en el departamento de Caracas….

La lluvia inspira, lo dije ya, pero hoy no llueve y mi inspiración no vino. El pronóstico de buen tiempo, arruino mi tarde aciaga.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Un llamado, un cuento y la pelota.



Por Arnold Coss



Hace unos días, mientras estaba intentando rescatar del laberinto, algún “nuevo” recuerdo, me llega un mensaje inesperado. Era Cecilia, que desde el otro lado del mundo, me escribía, contándome lo bueno que le había parecido De Recuerdos y Olores, no sin antes aclarar; que como mujer, no le encontraba otro lado, que no fuera el divertido. Ya habían llegado los saludos de Claudio, Rafa y el de Jorge. Un instante después, otro llegó, era Alejandro, un amigo de la vida que me sorprendió con sus líneas.
Hacía un largo tiempo que no teníamos comunicación. Aunque sabíamos de nuestra estima, a veces el tiempo pasa y el registro queda un tiempo como suspendido, como en el olvido.
Inmediatamente le devolví el correo y la respuesta no se hizo esperar. Acordamos encontramos al terminar su programa en la Radio.
Casi sobre las 18 hs. llegué agitado de subir esas enormes escaleras, siempre me hicieron acordar a las de LT 38 Radio Gualeguay, dispuestas de la misma manera y con el mismo color blanco. Con un gesto amable y sonrisa cómplice como pocas, me indicó que pasara, era evidente que nos une un afecto recíproco.
- Vení pasa, pasa Arnold; cebate unos amargos…..
Me senté a su lado, donde el termo y el mate, esperaban dar otra ronda.
El gran Víctor Hugo daba por terminada su tarea, Román a un costado esperaba que el operador diera el ok, para entonces, levantarse y acomodar sus papeles desplegados en la mesa de trabajo.
Entre salidas especiales y propagandas, me comentó sobre su visita a Gualeguay.
- Lo vi lindo! Me pareció más grande que la última vez. El teatro se llenó y con el Turco nos sentimos muy a gustó.
Me contó que se comieron un asado espectacular en lo del Mencho y con su clásica voz de admiración me afirma
- Qué jugador, mamita! Que año el 95 en River. Qué mal le pagaron cuando se fue, no lo merecía. Ramón me parece, se equivocó al dejarlo ir. Susurró a modo de sentencia.
El mate circulaba sin pausa, en un momento; como en un acto de arrojo, con los nervios de un principiante, le puse enfrente dos hojas escritas en tiempo record.
- Alejandro, me harías la gauchada de leer este cuento? Me gustaría tu opinión.
Era mi último cuento, unas líneas, salidas como arrancadas de lo profundo de mis recuerdos.
Me miró con paciencia, no pude descifrar si la oferta lo incomodó, esa es una cualidad impagable, que tienen los que saben de la vida, los que miran con ojos de buena gente, saben cuidarse de no herir sentimientos.
Tomo las 2 hojas, intentó un suspiro, él sabía que era un compromiso, pero su don de gente educada superó el momento y me sentí horrado con su lectura.
Atento, seguí todas sus expresiones mientras leía. Note como avanzó rápidamente los primeros renglones, en un momento arqueó las cejas, como si algo le llamaba la atención, era evidente que se había interesado, levanto la vista, pero la mirada no estaba dirigida hacia mi, sino al gran maestro.
- Víctor Hugo. ¿Tenes tiempo. No te quedas a escuchar?
Me sorprendió el pedido, sabía que le podía gustar, pero de ahí a compartir con él ese momento, me gratificaba por un lado, me inquietaba, por el otro.
Alejandro leyó como en sus mejores galas, sin interrupción el cuento soñado.
Ese que habla de los Sábados a la tarde, de cómo comenzaba el ritual. Después de almorzar y salir como escapandos y rápidamente, con el ultimo bocado en la boca; de esa manera, dábamos por iniciada la ceremonia. Sentarse en el tronquito de lo de Pocho era señal de presencia, a su alrededor, todos los demás tomábamos un lugar.
También habla del momento deseado que llegaba, de cómo los más chicos, esperábamos a ser elegidos y de la agonía de saber que las vacantes no eran las suficientes. Hacíamos “gancho”, para que alguno de los grandes, se hubiese tentado con la siesta y se demorara más de la cuenta.
Habla de aquel equipo, formado para un desafío contra los del Pancho Ramírez. Defensores de Tanque se llamó. Habla de Miguel Britos y sus atajadas espectaculares, de Carlitos Saldaña y sus corridas, del Nene Valiero, el distinto, dueño de una zurda prolija y certera, de Pichi Terragno, el rapidito y de otros tantos amigos de la infancia.
Conté del debut y de nuestro primer partido por plata. De cómo nos corrieron a piedrasos para no pagarnos el ajustadísimo, pero merecido triunfo. Habla de desafíos y de muchas otras cosas más.
Le encastré anécdotas, me acordé de Pity, cuando dejo en su pierna izquierda las huellas imborrables de un alambre de púas, en la chacra del gordo Dunat. El mismo con el que una foto en blanco y negro nos retrató, mostrando la realidad de un pasado sin distancias. Como cuando con Juana mi amigo entrañable, aprendimos a llamarnos con silbidos en clave, era la señal para ir a jugar incansables, con alguna pelota improvisada y escaparnos de la siesta obligada.
Ese cuento, también narraba; como era vivir pensando solamente en la pelota. Que el tiempo despierto debía estar ocupado casi con exclusividad, a su majestad, “la redonda”. De cómo pegarle, como correr con ella de compañera; de cómo dormir abrazados, era como no desprenderse nunca del tesoro más preciado.
Habla también de cómo se perdió, sábado a sábado todo vestigio de aquellos días.
Cuando terminó su relato, me pidió inmediatamente permiso para poder contarlo en sus actos, al momento que recibía el consentimiento del maestro. Se lo veía satisfecho por lo que había escuchado. Román, hombre de palabras como poco, estaba callado, pensativo, señal evidente que también le había gustado.
Sentí un placer enorme al ser felicitado, el apretón de manos, fue un premio más que suficiente.
El sábado, Alejandro lo leyó en su programa. El productor, se asombró. El teléfono no paró de sonar, los e-mail llegaron a montones. Mujeres, hombres y chicos, pedían que lo repitiera y quizás un día de estos lo haga. Les garantizo, que ustedes también lo van a pedir y disfrutar como todos ellos. Estoy seguro también se emocionarán y porqué no, una lágrima les ruede como al pasar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Caricias y algo más...


Por Arnold Coss


Julia festejaba los 15 años de Mariana su única hija. Había tenido muchas privaciones, hasta de las más básicas, pero nada importaba, solamente la fiesta de cumpleaños de su amada niña la hacía sentir completa. Mantenía contra viento y marea su objetivo, lograr darle la mejor de las sorpresas, la alegría más soñada.
Durante un año caminó las 20 cuadras a su trabajo, tenía que ahorrar. Desayunaba un té con leche que le ofrecían cuando tomaba su turno en la fábrica, comía con ansias el pedazo de pan con manteca y sus ojos brillaban, se sentía nuevamente en forma.
Julia sabía de miradas escondidas, caminaba siempre con sutileza, jamás la vi. correr, nunca la vi detenida.
Cuando supo que estaba embarazada, estallo en lágrimas, el mundo se abría a sus pies en la sala de maternidad del Hospital San Antonio. Instintivamente se cubrió la cara con sus manos, tomo aire como para explotar en un llanto contenido, pero no. Levantó la vista y el póster del feto dentro de un vientre la dominó. Habían pasado dos minutos de la noticia, demasiado tarde para lágrimas se suele decir. Ella así lo entendió y su vida, no volvió a ser la misma.
No sabe exactamente cuando fue ni con quien, el sexo era un juego, lo verdaderamente importante eran las caricias que recibía y detrás de ellas imaginar como serían las de un padre que nunca conoció.
No se contenía a la hora de actuar, conquistó y fue conquistada. Le tocaron amantes torpes, desconsiderados, novatos, experimentados, lo que fuese, lo importante era ser acariciada y sobre esa balanza, sostenía o no a sus hombres.
He escuchado muchas historias, pero la de ella me emocionó en aquel momento y me emociona ahora en el relato.
Me describió un lugar, un instante; pero no al joven que estuvo con ella. El también le había preguntado por su vida, sus inicios, sus gustos, sus tentaciones, sus miserias, todo eso a cambio de caricias y algo más.
Una noche muy fría de Agosto, se encontró con lo que había salido a buscar. No tardo mucho en estar nuevamente tirada en el piso, sobre una frazada que olía a humedad, puesta para simular una improvisada cama, en el centro de esa gran habitación. El lugar sí le llamó la atención y ciertamente nunca fue de reparar en ellos, pero este tenía un olor a madera antigua recién pulida.
La casa, con típica fachada de las de los años 30, tenía un portón enorme de madera, accesorios de bronce, el receptor de correspondencia y el llamador en forma de puño. Las ventanas laterales a la calle, el pequeño balcón con sus rejas artesanas. Un pasillo de ingreso, dos escalones de mármol blanco, que contrastaba sutilmente con el beige de los mosaicos. La recepción, donde años después un gran sillón colonial de tres cuerpos y sus dos compañeros individuales, se disponían cercando una mesa ratona con tapa de vidrio. Las habitaciones principales a los costados, techos interminables y una sensación de frío inevitable, contrastando con el calor de hogar que siempre brinda el piso de parquet. Durante el día su amante de ocasión, los había estado puliendo con viruta y sus manos habían quedado ásperas y maltratadas.
Las caricias de esa noche no fueron las esperadas, si bien no las pedía, cada uno de los que compartieron su intimidad, sabían de su especial preferencia. Llegaban como obligadas, sin pasión, no tardó en sentirse molesta, necesitaba otro aire. Siempre fue directa, este caso no era la excepción, no tenia tiempo para sutilezas, imaginó que aún podía tener otro encuentro, la noche no terminaba, saludó y se fue.
Algunos fantaseaban con favores extras si eran aplicados, y mis amigos, les afirmo que luego de uno de esos favores, ya no había nada más. El recuerdo seguramente sería atesorado, difícil de arrancar, y mientras el mito crecía, la tentación era irresistible.
Un par de meses después, Julia dedujo que quizás esa noche, fue donde adquirió su nuevo estado y junto con esa duda, inevitablemente el olor a madera pulida la seguía perturbando.
A medida que su panza crecía, supo soñar que se mecía en un sillón, mirando por detrás de las cortinas transparentes, una calle vacía a la hora de la siesta, con el hogar prendido y el humo saliendo por la chimenea en esa habitación que ya no estaba vacía.
Aunque su realidad estaba a muchos años de distancia, el solo imaginarlo, le producía una ternura muy especial, la mantenía como en un sueño, como si algo mejor siempre podía llegar.
Mariana calcó la historia de su madre, llegó a su mundo, pero nunca entró al mundo de su padre. El, quizás contemple sin saberlo, algo de lo profunda y silenciosa de la mirada de Mariana, cuando se mire, en los ojos de la que cree de su única hija.
El día llegó, la fiesta fue como soñó, amigas, baile, el chico esperado estuvo más lindo que nunca, según sus dichos. En mitad de la noche, así, como de la nada, mientras su amada hija, se retrataba al costado del hogar prendido, en un rincón del salón, recordó aquel olor a madera pulida. Me juró que era ese mismo exactamente y me di cuenta en el brillo de sus ojos, que me decía la verdad. Estaba repasando “su” vida silenciosamente; en medio de tanto ruido y tanta alegría. Mañana, el día sería distinto, pero ahí, parada en un costado, como queriendo disimular su presencia, sintió las viejas ganas que creía abandonadas. Estaba nuevamente con las cosquillas de sentir lejanas caricias, y por que no, darle otra oportunidad, a aquellas de manos gastadas.