jueves, 21 de febrero de 2013

La Fermina, el Braulio y el Gilberto, un trío particular

por Arnold Coss
 
 

La Fermina iba y venía por la cocina, al ritmo de arrastre de las enchancletadas  alpargatas. Cada tanto, el Braulio, un gato lanudo y perezoso de color negro como la noche más cerrada, se sobresaltaba de su profundo sueño al escucharla pasar apurada, tratando de terminar la comida a tiempo. Fermina era la heroína de ese mundo tiznado y de aromas inconfundibles. En sus  quehaceres la acompañaba un loro, de nombre Gilberto. Este ya viejo y desacreditado loro de estar tanto tiempo adentro de la casa, se lo veía casi ya sin plumas.
 – A Este vago no le gusta volar ni para comer. Repetían todos los que lo conocían.  Fermina y Gilberto pasaban desde hacía años, largas horas de conversaciones, por momentos monosilábicas, por momentos con palabras sin sentido, y en otras, dignas del mejor diván.  Braulio, ya estaba acostumbrado al coloquio y por supuesto a las andadas de su amigo el Gilberto. Entre ellos habían llegado a un acuerdo de no agresión, y durante años convivieron en una pacífica relación, el gato se dejaba espulgar por el ave, y él dormía sobre su calentito lomo. A la hora de servir la comida llegaban los trapazos de Fermina corriendo el bicherío, llegaba la peonada con sus cacharros y comenzaba a servir de una enorme olla sobre una mesa echa rodante, con dos ruedas de triciclo, que Juan Antonio le había armado, con vaya a saber en qué instante de lucidez.
Para el hombre de la casa la ceremonia era lo que tenía que ser. La comida servida a las doce en punto, ni minutos más ni minutos antes. Jamás permitiría ni en invierno ni en el más recalcinante verano que fuese una "comida fría", todo lo contrario, cuanto más caliente, mejor saboreada.
Fermina caminaba lentamente alrededor de los comensales, mientras en su hombro derecho Gilberto saludaba con múltiples inclinaciones de cabeza, haciendo secretos comentarios en la oreja de su dueña. De tanto en tanto el loro saltaba a la mesa y comía las miguitas de la galleta. Sus vuelos eran cortitos, casi diría como saltos más largos. Por falta de plumas, acostumbrado a que todos lo agarraban antes de caer, él iba y venía de mano en mano.
Una noche el viento norte venia en ráfagas potentes, la parra del patio y los parantes de la galería se sacudían a ritmo vertiginoso. Todos los árboles que rodeaban la casa se agitaban amenazantes sobre la gastada y añeja casa. En un silbido furioso cual largo lamento se colaba el viento por cuanta hendija encontraba para pasar.  Fermina empezó a desconfiar de tamaño ventarrón y se apartó en busca de las puerta y ventanas para trabarlas con lo que pudiera. Las chapas del gallinero no resistieron tanta presión y saltaron cual hojas de papel escapadas de un cuaderno escolar. La furia del viento se hacía sentir ya sin disimulo.
Todo lo que andaba suelto en el patio se puso en movimiento, ya sea para rodar alborotado o para volar en círculos interminables. Fue en ese momento que el viento reventó su furia sobre la endeble puerta del fondo de la casa, esa misma que daba a la cocina, donde todos se miraban alertas y preocupados. De repente sobrevino una gran explosión, el loro sin plumas nunca voló tan lejos, agitaba sus alitas como si de verdad volara, con los ojos desorbitados de gozo, solo que al no tener plumas en la cola, no tenía timón, y se estrelló contra la fiambrera, que colgaba desde el techo, al costado del alambre que sostenía el farol de noche.
En algún lugar escuche la frase, "y el silencio se hizo añicos", esto tan así diría que le cabe a la perfección a un momento de pena sin igual. En extremo silencio, Fermina recogió el cuerpo del Gilberto que yacía en el piso con su cabeza quebrada y sus patitas para arriba. Sin disimulo unas lágrimas cayeron de su rostro y sin decir palabra salió a la noche seguida por el Braulio. Repentinamente el viento había amainado, ya era como una brisa fuerte nada más. Los árboles, agitaban sus hojas en una melodía de lamento, casi como si supieran. El mentado y compañero trío se había roto, pero por un rato más, seguro estarían juntos para despedirse. Se perdieron en la noche y en el tiempo vaya a saber uno que tipo de ritual habrán logrado hace. Quizás habrá sido solamente una sencilla despedida.  
Gilberto fue enterrado al lado del mandarino donde pasaba buen tiempo de sus tardes comiendo los casquitos de las mandarinas. Dicen que cuando lo ponían en una de sus ramas el loro cantaba como nunca y llamaba a sus pares, pero también dicen que no dejaba que nadie se le acercara, solamente Fermina, podía sacarlo y ponerlo de ese árbol.  
Ninguno de la peonada ni su esposo en particular, volvieron a hablar del Gilberto pero todos saben que él está presente, como agazapado o acostado en el lomo del Braulio que seguro lo extraña como su dueña, pero que no dice nada al igual que ella. Cada tanto se cruzan las miradas y saben que muy pronto él se irá también. Fermina, le sirve la leche recién ordeñada en su platito de loza ya bastante cachada y cada vez le susurra al oído…...
-Podes irte cuando quieras nomás, saludame al Gilberto, algún día andaremos los tres de nuevo, solo tenemos que esperar un poco nomás……
 
 

miércoles, 30 de enero de 2013

10.6 Segundos

Si de recuerdos se trata este Blog, que mejor recuerdo que este impecable relato del mejor gol de la historia de los mundiales (hace falta decir cual?), no, seguro que no, todos sabemos cual es. Espero les guste tanto como a mi. Recuerdo haber visto este partido y particularmente este gol que se relata......

Va este relato, cuyo texto fue extraído de la edición Nº11 de la Revista ORSAI por Hernán Caciari.


Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos -nunca un juez tunecino había llegado tan lejos-, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

* * *

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O'Connor -que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen- los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O'Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

* * *

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos..., pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

* * *

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

* * *

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después de exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

* * *

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell's; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor".

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

* * *

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como 'la mano de Dios' y el 'del Siglo'».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton's Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

* * *

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

* El texto fue extraído de la edición número 11 de la Revista Orsai

Recuerdo haber visto este partido y particularmente este gol que se relata y me acuerdo muy bien, el haber estado solo viéndolo. Ese día, mi novia de aquel momento, había salido a pasear por la peatonal de Rosario, donde vivía y estudiaba. Cómo no le interesaba el fútbol, ahí quede yo, frente al televisor, era uno pequeño de 14" pero lo suficientemente grande para ver este maravilloso e inolvidable GOL!. 
A ella la conocía de Gualeguay donde habíamos nacido. Solía tomarme el micro General Urquiza los viernes en retiro para, viajar a verla. fueron buenos años despreocupados, fueron lindos días para recordar, pero esa es otra historia, que seguramente contaré más adelante.....
 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Comfortably Numb - Pink Floyd -

Si de recuerdos hablamos, esta maravillosa canción, es un regalo de mi más sentidos recuerdos.

"Comfortably Numb" ("Cómodamente insensible"), es la sexta canción del segundo disco de la ópera rock The Wall ("El muro") del grupo Pink Floyd. Canción cuya música fue creada por Gilmour para su primer álbum como solista. Gilmour trajo el demo a las grabaciones de The Wall, que posteriormente quedaría incluida en el álbum. Waters escribió la letra.
Esta canción es considerada como una de las mejores creaciones que la banda inglesa ha realizado, ya que es recurrentemente incluida en las presentaciones que han hecho tanto Pink Floyd, como por David Gilmour y Roger Waters después del lanzamiento de The Wall. Es la última canción que la banda tocó con su formación clásica de cuarteto (Gilmour - Waters - Wright - Mason), ya que fue el tema de cierre en la última presentación que hizo Pink Floyd en su reunión en uno de los conciertos de "Live 8", lo que fue un evento mundial de enfoque de ayuda, organizado por el protagonista de la película Pink Floyd The Wall, Bob Geldof. Los dos solos de guitarra que toca David Gilmour (En especial el segundo) son considerados como sus mejores solos en Pink Floyd y como unos de los mejores solos de guitarra de toda la historia; de hecho, la revista Guitar World lo situó en el número 4 de su lista de 100 mejores solos de la historia.
En agosto de 2006, el solo fue votado por los espectadores de la estación de radio Planet Rock como el mejor solo de guitarra de la historia jamás grabado.
En las interpretaciones en vivo, la duración del tema variaba entre los 8 minutos llegando a pasar los casi 10 minutos de duración (Gira PULSE).


Existe la discrepancia sobre si la letra de esta canción trataba sobre las drogas, y la sensación en la que te sumergen, o si trata "simplemente" sobre las emociones. También hay una versión que dice que trata sobre la enfermedad que sufrió Roger Waters durante una gira, para la cual se medicaba, quedando "plácidamente paralizado". De un modo u otro, mi propia interpretación, aunque bastante subjetiva, sería la de esa primera experiencia con el dolor cuando somos jóvenes, y como con el paso del tiempo, nos vamos acostumbrando a ella, y otras más, hasta ir perdiendo poco a poco el contacto con nuestros más básicos sentimientos, tan "medicados" ("drogados") como nos encontramos.

Letra original

COMFORTABLY NUMB
Hello?
Is there anybody in there?
Just nod if you can hear me.
Is there anyone at home?
Come on, now,
I hear you're feeling down.
Well I can ease your pain
Get you on your feet again.
Relax.
I'll need some information first.
Just the basic facts.
Can you show me where it hurts?
There is no pain you are receding
A distant ship, smoke on the horizon.
You are only coming through in waves. (1)
Your lips move but I can't hear what you're saying.
When I was a child I had a fever
My hands felt just like two balloons.
Now I've got that feeling once again
I can't explain you would not understand
This is not how I am.
I have become comfortably numb.
O.K.
Just a little pinprick.
There'll be no more aaaaaaaaah!
But you may feel a little sick.
Can you stand up?
I do believe it's working, good.
That'll keep you going through the show
Come on it's time to go.
There is no pain you are receding
A distant ship, smoke on the horizon.
You are only coming through in waves.
Your lips move but I can't hear what you're saying.
When I was a child
I caught a fleeting glimpse
Out of the corner of my eye.
I turned to look but it was gone
I cannot put my finger on it now
The child is grown,
The dream is gone.
I have become comfortably numb.

Letra traducida

COMODAMENTE ADORMECIDO
¿Hola?
¿Hay alguien ahí dentro?
Si me puedes oir solo hazme una señal con la cabeza
¿Hay alguien en casa?
Vamos, ahora
Oigo que estás triste
Bien, puedo aliviar tu dolor
Y volver a ponerte en pie
Relájate
Primero necesito alguna información
Sólo los esenciales
¿Puedes mostrarme dónde duele?
No hay dolor, Te estás alejando
Un barco distante, humo en el horizonte
Sólamente te recuperas por momentos
Tus labios se mueven pero no puedo escuchar lo que estás diciendo
Cuando era niño tuve fiebre
Mis manos se sentían como dos globos
Ahora una vez más tengo ese sentimiento
No lo puedo explicar, no lo entenderías
No es esto como soy
Me he quedado confortablemente adormecido
De acuerdo
Sólo un pequeño pinchazo
No habrá más ¡aaaaaaaaaah!
Pero te pondrías sentir un poco mal
¿Te puedes levantar?
Créo que está funcionando, bien
Esto te mantendrá en pleno funcionamiento hasta el fin del show
Vamos. Es hora de marchar
No hay dolor, Te estás alejando
Un barco distante, humo en el horizonte
Sólamente te recuperas por momentos
Tus labios se mueven pero no puedo escuchar lo que estás diciendo
Cuando era niño
Capté una fugaz vislumbre
desde el rabillo del ojo
Me giré para mirar pero se había ido
Ahora no lo puedo recordar
El niño ha crecido
El sueño se ha ido
Me he quedado confortablemente adormecido

viernes, 5 de octubre de 2012

Un verdadero baño de mierda


por Arnold Coss
 
La historia que les voy a contar sucedió en un pueblo cercano a mi Gualeguay natal, pero también podría contarlo como que ocurrió en cualquier otro pueblo y como en todo pueblo la historia que les contaré, ha pasado de boca en boca por mucho tiempo y solamente unos poco privilegiados conocemos la real verdad. Este relato no tiene nada en común con mis anteriores contados en este blog, diría más bien que se parece un poco al estilo de mi buen amigo Denaday, que cada tanto expone aquí mismo, algo de su autoría.

Esta historia, que llego a mis oídos hace ya unos años, me fue contada por un testigo ocular y esa experiencia le costó bastante horas de sueño. Esta fuente recuerda cada momento como algo propio, pero se encargó de manifestarme en reiteradas oportunidades que él solamente fue un testigo y aunque las imágenes le hayan quedado atrapadas en su mente como agarradas con ganchos, por estos tiempos, prefiere evitar el recuerdo.

Cuando uno está en el lugar de los hechos tiende a argumentar con el matiz de su propia percepción y el relato de ese momento puede  se tan interesante como el relator quiera que sea, pero Fernando E., no abunda en detalles y menos con este tema, ustedes cuando lo lean, sabrán entender el porqué.

La diversión para mis amigos Claudio T. y José S. había comenzado desde temprano. Ese sábado, arrancó con mesa de truco y por supuesto una abundante picada, donde los salames, chorizos secos y queso de chancho no faltaron, por supuesto, que todo eso era acompañado con unas Quilmes, recién saliditas de la heladera. Al medio día las achuras tomaban color en la parrilla y el asado de tira era como la vedette esperada. Toda esta comida había sido devorada por unos pocos comensales, entre ellos mis amigos mencionados y yo. El postre salió como siempre, buena cantidad de queso cuartirolo y por supuesto un maravilloso dulce de batata con chocolate marca Arcor, ese que viene en lata. El asado perfecto había sido consumado, ya para las 4 PM no quedaba nadie sin sus límites alcohólicos superados, el Termidor en tetra, estaba haciendo estragos.

Cada vez que estos protagonistas se juntaban, algo sucedía, bueno o malo, algo pasaba, y ese algo por lo general no era una historia sencilla de narrar, sino que tenía buenos condimentos para analizar, una especie de diván abierto al público. Ese día en particular, ya desde temprano, pintaba como para pasar a la historia y sin dudas así fue.

La tarde transcurrió de la misma manera como arrancó la mañana, un par de kilos de helado de Bahílo terminaron por “asentar” un estómago que por esas horas, sufría con cada nuevo bocado incorporado. Entrada la noche ya bañados y cambiados, nos reunimos en lo de Julio a tomar unos Gancias con maníes y unas nueces recién cosechadas, un lujo para aquel momento y ni hablar para estos días.  Los hechos de aquí en más se suceden en forma apresurada, por eso quiero detenerme en detalles, que seguro serán importantes repasar, luego de leer el final de esta historia.  Los muchachos en cuestión como ya anticipara, eran viejos amigos de parranda, que andaban celebrando un negocio que les había resultado bien y como era de esperar, se despacharon con un pucherazo con todo lo que se imaginen, carne de vaca, cerdo, pollo, zapallo, verduras, choclo, etc, etc. que el padre de Julio había empezado a preparar desde temprano. En fin, sus estómagos parecían dignos de una embarazada de 5 meses.

Cómo teníamos que esperar a que trascurriera las horas, ya que el boliche Benidorm, abría como a la una, se les ocurre ir a la “Casita Prohibida” el único burdel de poca monta, que por esos años había y tenía chicas un poco más limpias que su antecesora “La Guampa de Oro”.  Era una noche fresca de primavera, como las de ahora, así igualitas, de día, un lindo calorcito estando al sol, pero de noche sino nos ponemos un buen abrigo, seguro lo vamos a lamentar.

José S. y Claudio T., eran conocidos en el lugar, por lo que gozaban de algunos privilegios de cliente frecuente, hoy diríamos que serían vistos como clientes VIP. Solamente Fernando E. los había acompañado, el resto nos fuimos cada uno a su casa. Yo no había querido ir, porque no me sentía bien, todo lo comido y bebido me había pasado factura.

Estaban de lo mejor, acompañados por tres chicas voluptuosas y emparentadas de forma directa con Patricio, el querido amigo de Bob Esponja, las muchachas tenían más sed que pirata con diabetes.

Mis amigos tomaban como que el mundo se iba a acabar. Dice mi amigo Fernando E. que empezaron con un par de Paddy cada uno y ahí, más o menos perdió la cuenta de que más tomaron, alguien subió el volumen de la música y los Wawanco sonaron con sus clásicas cumbias. Es en este momento donde se empiezan a suceder los acontecimientos como disparados de la memoria y es en ese instante cuando a mi amigo José S. le vinieron de repente, dolorosos retortijones, por lo que disimuladamente le pidió a una de las chicas  un baño que no sea el público, entrar a ese, sería inhumano y uno puede estar en pedo y medio perdido, pero no es suicida.

Con la convicción que se lo iba a llevar a las habitaciones luego del baño, la muchacha lo guio a un servicio que ocupaban ellas. Nuestro repleto y ebrio amigo le dijo que se iba a demorar un poco. Así que la muchacha se volvió a la mesa.

Se le venía la noche a nuestro héroe. Para empezar el lugar no tenía luz, así que empezó a buscar el inodoro con un encendedor. Al mismo tiempo se da cuenta que no solo no hay papel, sino que hay un par de soretes flotando, además no había agua en el balde con el cual se “debiera” vaciar luego de hacer las necesidades. Es decir la cosa se estaba poniendo difícil de resolver.

El tipo no aguantaba el vendaval de mierda que se venía, así que trató de pensar rápido y vio la bañadera, vieja y medio oxidada, pero con el recipiente justo para el depósito que con tanta urgencia necesitaba hacer. Como pudo, se acomodó en el canto de la bañadera, con los pantalones bajos haciendo equilibrio, apoyado con una mano contra la pared, el mareo del alcohol se hacía sentir. Algunos sólidos iniciales deben haber tapado el desagüe, por lo que se empezó acumular lo evacuado que se mezclaba con el pis y el agua acumulada en la base, lo que salió después fue digno de un concierto y la satisfacción de poder hacerlo era fantástica. Pero, lo peor estaba por venir. En cosa de segundos su amigo Claudio T. entra preocupado al lugar, por supuesto tampoco veía demasiado, solamente en penumbras fue tanteando por la pared, en busca de poder orinar con urgencia.

-¿Estás ahí boludo?

-Si, estoy cagando en la bañadera, el inodoro está con mierda y tapado.

Ese fue el breve diálogo y acto seguido Claudio T. un poco por el pedo, otro poco por tropezarse con la maldita tabla atravesada que estaba en el piso, para tapar precariamente el agujero del desagüe y finalmente por la oscuridad, se va sin escalas encima de su amigote. No puedo imaginar el momento, me asquea el solo pensarlo, pero mis amigos, siempre en el relato de Fernando E. ambos caen dentro de la bañadera sobre esa asquerosa mezcla, al momento que Claudio T. empieza a vomitar en forma compulsiva y sin control, sobre la humanidad de José S. que se engrudaba enterito en ese pastiche nauseabundo y asqueroso.

Dentro de la bañadera los dos borrachos se empiezan a revolcar como luchadores en un  ring lleno de barro, para tratar de pararse, pero los pantalones a media asta impedían que se puedan incorporar. Cuando ya estaban completamente cubiertos hasta el cuello de mierda aparecen dos de las chicas.

Como todo lugar de dudosa reputación, el sistema de la luz tenía una maña. Las chicas alumbraron el baño y la imagen mis queridos lectores no puede haber sido más espantosa, a los gritos, corrieron desesperadas para llamar al “patrón” que él vea también aquella escena sin igual.

-llama al Tata y al Teco urgente, saquen a estos pelotudos de acá. Reclamaba a los gritos, mientras se tapaba la nariz tratando infructuosamente de impedir oler, según sus dichos,  la mezcla más asquerosa que hubiese visto en años. Viniendo de quien venía la acotación eso tiene que haber sido un verdadero desastre, un tipo acostumbrado a sacar mamados, cagados, meados y otros “ados”. Los dos matones de cerebro acotado, trajeron una alfombra, era la misma que habían tirado hacía unos días por estar vieja y sucia, creo que no hace falta que les cuente mis dudas sobre el estado mugriento de aquella, ¿¡alfombra!? Realmente cabe la frase, “llovido sobre mojado”.  

Nuestros amigos, según siempre el relato de Fernando E., no salían de la bañadera cuando llegan los otros tipos con la alfombra, se la ponen encima y los envuelven cual pionono de tamaño familiar. Entre los tres los llevaron hasta la puerta principal y fueron lanzados a la calle tal cual, así medio en bolas, cagados, vomitados y envueltos en una manta grasienta, llena de cuanto bicho y alimaña tuviese el atrevimiento de posarse allí.

Fernando E., me relató la triste historia y me decía que los vio en la calle cuando se incorporaban de tan humillante situación. Los dos lloraban mientras trataban de subirse los pantalones y se limpiaban como reflejo condicionado. Estaban cubiertos de mierda y vómito. Para colmo de repente la noche se cerró y la frutilla del postre a tan fría madrugada fue la incipiente llovizna, que como de la nada, aparecía sin ser invitada. Según cuentan, Claudio T. y José S., no volvieron más al lugar, la vergüenza los acompañó por mucho tiempo. Esto que les relato se sabe entre algunos amigos y algún que otro convidado de piedra. Por supuesto que los actores principales siempre negaron los hechos y con cara de asombrados, desmentían semejantes inventos salidos de la imaginación perversa de algún trasnochado. 
 
PD: Por razones obvias esta historia va sin fotografía alusiva.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La Misa de las 20 hs.


por Arnold Coss

Volvió a tomar nuevamente su heredado rosario de plata con baños de oro y  lo introdujo en el bolsillo de su impecable saco de hilo blanco. Había llegado justo a tiempo y antes de seguir a su madre y a su abuela por el interminable pasillo de la iglesia para dirigirse como siempre a los primeros bancos,  Eugenia echó una ultima mirada a  la plaza que se extendía frente a ella. Es la misma plaza Constitución, que durante años nos sirvió de asilo antes de ingresar a la ya desaparecida escuela de Comercio, Celestino Marcó.
Su madre la chistó y con una mueca, le hizo entender que se apurara para sentarse antes de la ultima campanada que anunciaba el inminente comienzo de la tradicional misa de los domingos a las ocho.  Eugenia por supuesto  obedeció y con un suave andar se dirigió a sentarse, como siempre en la segunda fila y por supuesto como siempre a la derecha de su madre. Mientras avanzaba, alcanzó a divisar que más allá de la montaña de pelo marrón que tenia su madre, había otra montaña similar pero de pelo gris. Eugenia sabía que allí estaba su abuela. Ambas mujeres supieron usar un rubio poco discreto durante muchos años hasta que por algún motivo y al mismo tiempo tomaron la decisión de que la naturaleza actuara por su cuenta. Las dos llevaban debajo de los imponentes tapados de piel,  unos elegantes vestidos comprados en la capital y escogidos únicamente para lucirlos en la iglesia. El placer  de desfilar por el pasillo central hasta el altar, era indescriptible para ellas. Con la frente en alto y mirando fijamente al Cristo en su cruz que brillaba de un modo particular a esa hora de la tarde, Eugenia se alisó los pliegues de su falda y se desabrochó la chaqueta. Su madre la observaba con ojo inquisidor por si hacía algo indebido en la casa del Señor.
Cuando la mirada de Antonia se apartó de su hija, ésta suspiró y entrelazó las manos. Miró el reloj y vio que quedaban quince minutos para que sus amigos se encontraran frente a esa misma iglesia para ir juntos al cine. Quince eternos y difíciles minutos, donde cada uno de ellos, sería como un puñal entrando en su pecho.  Eugenia, les  había prometido a sus amigos que iría, pero no había contado con la visita mensual de su abuela Emilia y su consecuente e inevitable viaje a cumplir con la misa dominical. Por eso, se había visto obligada a avisarles de alguna manera, cancelando su asistencia. Su madre estaría orgullosa de ella. Siempre lo estaba. Al menos delante de la gente. Cuando estaban en casa, Antonia no le prestaba mucha atención sencillamente porque suponía que entre las cuatro paredes de su casa su hija estaba protegida.
Físicamente, Eugenia no se parecía ni a su madre ni a su abuela, que parecían copias exactas aún con varios años de diferencia. Ella tenía el pelo moreno y ondulado, como su padre. Aunque sus ojos marrones se aproximaban a los de ellas, el entorno de sus pobladas cejas, le daban una frescura en el rostro, que sus antecesoras jamás alcanzaron. La figura de Eugenia era mucho más esbelta y proporcionada además, ella tenía curvas, característica que no compartía ni con su madre, ni tampoco con su abuela. Antonia tenía un cuerpo delgado y alto que nunca había conseguido domar. Era guapa, pero no bella. No al menos como Eugenia. La chica tenía una belleza dulce y brillante, la chispa de su mirada aún no encendía corazones, pero todos sabíamos que ya lo haría, y el día que eso ocurriese, sin dudas no pasaría inadvertido. Su piel blanca y el cuerpo plenamente desarrollado completaban un combo de armonía. Mirar a Antonia tendía a imaginársela como dos palos con abrigo de piel, seria y rígida. Mirar a Eugenia era placentero y emocionante.
Emilia se puso de pie en cuanto percibió la llegada del cura y estiró su cabeza todo lo que pudo para destacarse entre sus compañeras de banco, lo que le dio más aspecto de palo. Antonia y Eugenia siguieron su gesto y se pusieron en pie. Eugenia miró a las dos mujeres que la acompañaban mientras repetían palabras que se sabían de memoria sospechando que quizás ni siquiera reparaban en su significado. Después, se volvieron a sentar. Ninguna de las dos la miró en el resto de la ceremonia. La joven iba alternando miradas de una a otra y las comparaba con el resto de mujeres que había allí.
Se veían pocas adolescentes de su edad, pero las que había parecían estar concentradas en lo que estaban haciendo. Giró la mitad de su cuerpo y dirigió su mirada hacia la luz que se colaba por debajo de la gran puerta de madera, pero un pellizco de su madre la hizo volver la mirada al frente.
Antonia no la retó, sino que siguió concentrada con la frente alta y sus ojos puestos en el majestuoso altar. Mientras Eugenia se frotaba la zona dolorida del brazo se puso a pensar en su madre cuando no estaba en la iglesia. No le sorprendió descubrir una Antonia muy diferente a la que se encontraba allí, pendiente de sus movimientos, y con la sospecha de creer que seguramente estaba fingiendo que atendía las palabras del cura. Nunca la había visto agarrar la Biblia, incluso no sabía si tenían una en la casa, pero era probable, porque todas las habitaciones estaban plagadas de estampas religiosas y cuadros enormes de Vírgenes y Cristos en su cruz. Todas menos el dormitorio principal donde ella dormía y por supuesto nadie ingresaba. Tampoco la había oído rezar. Ni siquiera sentía que aquella mujer fuera cristiana. Es como si su madre solo acudiese a misa para exhibirse los domingos ante los vecinos y para exhibirla a ella también. ¿Pero entonces? ¿Creía su madre en lo que hacía allí los domingos? Eugenia cerró los ojos y frunció el ceño mientras continuaba sin separar sus manos entrelazadas. Poco a poco, descubrió que ella no estaba pendiente de las palabras que se estaban leyendo en el atril, sino que observaba con descaro a la gente que estaba en la misa. Movía los ojos con rapidez de un lado a otro, pero sin dejar de repetir como un loro las palabras que todos pronunciaba.
Cansada y aburrida, agachó la cabeza y miró sus pies. ¡Ella estaba dispuesta a sacrificar las tardes de los domingos si eso era importante para su madre? Entendía, a sus dieciséis años, que la fe en la religión era regocijo para mucha gente, pero para su madre sólo parecía ser un entretenimiento. Sintió que Antonia se estaba riendo de toda la gente que estaba allí por verdadera devoción. Incluso sintió que se reía de ella misma al tratarla como un trofeo que podía enseñar a las vecinas una vez por semana. Eugenia, a su edad y desde su ignorancia, se sintió insultada por tanta frialdad tanto de su madre como de su abuela. Entendió porque después de misa las tres iban a la confitería “El Águila” la esquina de la plaza y se pasaban horas hablando sobre las enfermedades de los demás o de lo muy sonrientes que entre algunos se saludaban, imaginando tramas de secretos y complicidad entre sus vecinos. Pero lo peor era escuchar los comentarios y suposiciones sobre los motivos por los cuales algunos y algunas no fueron, ¿Estarían enfermos? ¿No eran tan correctamente católicos como ellas? ¿Estarían haciendo algo mejor? Todo estaba dicho en esa mesa.
-Y yo que creía que las estaba decepcionando por no estar segura de si creer o no…- Se dijo Eugenia,  mientras la vergüenza le subía a su rostro. Tenía ganas de gritar, de enojarse con su madre y con su abuela, pero sabía que no era el momento. Intentó calmarse cuando les tocó volver a levantarse, pero aquel descubrimiento la había dejado incapaz de controlar sus emociones.
-Yo, que no creo, o que no sé si creo, aguanto aquí cada domingo palabras que no tienen ningún efecto sobre mí. Intento comportarme de manera correcta según las enseñanzas de la Iglesia, porque pensaba que ése era el modo en el que mi madre deseaba que me comportara para ser una buena persona.- Se apartó el flequillo de la frente y se lo colocó tras las oreja, dio un rápido repaso a las personas que sonaban en un unísono murmullo y nadie, absolutamente nadie le devolvía la mirada, sintió que todos estaban como en un trance y sintió escalofríos.
 – Seguro mi madre quiere para mí algo que no quiere para ella, se repitió internamente. Y eso es injusto. Ella puede decidir qué es bueno para mí o qué no lo es. ¿Pero cómo querría alguien algo para su hija que no considerase bueno para sí mismo?- Volvieron a sentarse todos. Todos menos Eugenia.
Su madre enseguida la agarró de la muñeca y tiró de ella una sola vez, obligándola a sentarse antes de que alguien se diera cuenta de su despiste. Pero Eugenia  no estaba despistada. Al contrario, estaba más atenta que nunca. Sin mirarlas o despedirse, salió hacia el pasillo central y, ante el profundo silencio de la iglesia y el asombro de sus vecinos, salió caminando lentamente hacia tenue luz del sol que apenas asomaba por debajo de la puerta principal. Cuando alcanzó la vereda se dio cuenta que sus piernas comenzaron a temblar, pero no se detuvo. De repente se vio corriendo en dirección al cine Italia, mientras el viento golpeaba su rostro, extrañamente vivo como pocas veces lo había sentido. Si se apuraba, creía que aún podía llegar antes de que empiece la película. Sonrió, abriendo mucho la boca, imaginado los rostros asombrados de su madre y su abuela. Era la primera decisión que tomaba por ella misma y le había gustado, aunque imaginaba que las consecuencias entre otras cosas, serían largos y tediosos debates sobre los principios de la fe y lo pecaminoso de actos como los que ella se había atrevido a ejecutar.
Con los años aprendió a no cuestionar tanto las idas a la iglesia y eso la hizo relajar. Paso más tiempo y aprendió a escuchar, aprendió a ver su interior. Aprendió a emocionarse al cantar los salmos y la a alegría de sentirse parte de la fe. Sus creencias tomaron forma en la música, en las voces y en las manos elevadas al mismo Cristo de la cruz, que la infantil rebeldía adolescente le había hecho cuestionar. Ya no le preocupó verse que ella también comenzaba a recorrer el mismo camino de su abuela Emilia y su madre Antonia. Ellas ya no estaban en esta vida y se sorprendió yendo cada domingo a las ocho justo después de verlas partir. Emilia primero, victima de repentino paro cardíaco. Antonia no soportó la perdida, habían estado mucho tiempo juntas los últimos años.
Quizás obra del destino o del mismo Señor que opera de maneras misteriosa, que el veintiuno de Agosto pero en dos años consecutivos se iban las dos y la casualidad se completa cuando exactamente el mismo día del año siguiente, llegaba María Emilia Antonia, su amada hija, la que hoy está como cada domingo sentada a su derecha, con hermosos quince años en el mismo banco donde aquel día decidió empezar a ser mujer.