Aprendí y Decidí
Y así después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar!!!!!!!!
Decidí no esperar a las oportunidades
Sino yo mismo buscarlas.
Decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución,
Decidí ver cada desierto como oportunidad de encontrar un oasis,
Decidí ver cada noche como misterio a resolver,
Decidí ver cada día como una nueva oportunidad
de ser feliz.
Aquel día descubrí que mi único rival no era mas que mis propias debilidades,
Y que en estas, está la única y mejor forma de superarnos.
Aquel día deje de temer a perder y empece a temer a no ganar,
Descubrí que no era yo el mejor y que quizá nunca lo fui,
Me dejó de importar quien ganará o perdiera, ahora me importa simplemente
Saberme mejor que ayer.
Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino
jamas dejar de subir.
Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener
El derecho de llamarle a alguien “amigo”.
Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento,
“el amor es una filosofía de vida”
Aquel día deje de ser un reflejo de mis escasos triunfos pasados
Y empecé a ser mi propia tenue luz de este presente;
Aprendí que de nada sirve se luz si no vas a iluminar el camino de los demás.
Aquel día decidí cambiar tantas cosas.
Aquel día aprendí que los sueños son solamente para hacerse realidad!!!!!
Desde aquel día ya no duermo para descansar,
Ahora simplemente duermo para soñar….
miércoles, 20 de mayo de 2009
miércoles, 13 de mayo de 2009
Un Secreto Conocido

Por Arnold Coss
Cómo música de fondo suena incansable el potro cordobés y su “Cómo olvidarla, cómo olvidarla….”, podría traerme la imagen de alguna imponente mujer por ejemplo, pero no, no en esta ocasión. La imagen es bastante más patética, es la imagen de Clara María de las Mercedes Carreras, alias la pirata.
El por qué de semejante apodo, se sabría tarde o temprano. Para los que lo descubrían temprano, todo bien, no pasaba de un susto, tragar saliva y decidir en el momento. Por lo general la escena se repetía con un mismo final, corridas, pantalones a media asta, camisa al viento y la puerta como llegada triunfal, después un pasillo interminable y otra puerta más a la calle. Esa calle que los recibía silenciosamente, aunque en cada cabeza retumbara un coro de ángeles cantando Aleluya, Aleluya. Así era mis amigos la liberación.
Preguntarán que causaba tanto espanto, ahora se los cuento, pero antes permítanme una breve introducción.
A los 15, allá por el año 78, conseguir los favores sexuales era toda una aventura. La lógica era ir a la famosa Guampa de Oro con su más amplia gama de propuestas carnales; pero los valores de acceso más el pago de los tragos previos, superaban los magros ahorros. Salvo en mi cumpleaños, tener dos billetes juntos el mismo día era los más parecido a ser un triunfador, y el destino de esos billetes tenía un único objetivo aquel día: quería, necesitaba, imploraba tener sexo.
A esa edad, el pensar en acostarse te remitía con exclusividad a un “quilombo” y los servicios de una prostituta que cuanto más joven y menos “usada” mejor, pero como en toda transacción, para este nivel de oferta, el precio subía a escalones casi de lujo, por eso la elección del lugar cambiaba desde lo estético de la casa, a lo estético corporalmente hablando. Es aquí donde llegamos a “la pirata”, la receptora de casi todos los desesperados con esperma urgente y bolsillos esqueléticos.
Mi por entonces amigo Manolo Galván, conocedor experto de bulines y afines, sabiendo de mi necesidad comentada al paso, me recomendó a una señora, que si bien ya estaba entrada en edad, atendía sutilmente todas las demandas y con eso, explotaban aún más mis fantasías.
Allá me fui. Me extrañó que no me acompañara pero no importó, era cuestión de minutos y cuanto menos testigos mejor. Era un trámite del cual uno podía andar alardeando alegremente.
A las once de la noche, el frío era casi insoportable, el viento pegaba en mi cara y esa sensación de temblor interno constante. Ya era una decisión tomada e irreversible, si o sí tenía que concretar el objetivo.
Llegando a las cinco esquinas la ví, no hubo necesidad para disimulos. Las calles estaban vacías, la encaré de una, aún hoy me sorprende tanta determinación. El acuerdo fue inmediato hubo un pedido, un precio, la típica respuesta buscando rebaja y la suma casi de oferta reparaba en algo una noche con poco trabajo. Las instrucciones no se hicieron demorar
- Andá nomás, entrá por esa puerta (señalando un portón de chapa oxidado), seguí hasta el fondo que hay una puerta verde, entrá y acostate que ya voy.
Amigos, nada hasta acá hacía sospechar que algo no estaba bien, todo seguía un curso normal. Ni mi edad y mis ganas contribuían a no pensar demasiado. El momento del acto era inminente y esa sensación estaba muy presente en mi cuerpo.
Una foto de ella bastante más joven en la pared de ese cuanto decorado con un gusto principiante, alejó una posible sorpresa, ella era ella. Una estufa a kerosén consumía el ya de por sí enrarecido oxígeno, el catre, las sábanas, una palangana con agua al costado, un jabón blanco semi partido y un velador con luz roja en un foco de 40w, todo a media luz, todo como eran las piezas de los bulines conocidos, con más o menos detalles. El lugar era lo de menos, ya casi estaba desnudo cuando escuché sus pasos en el pasillo, la respiración se me entrecortaba, no me acordaba del frío y el traqueteo de los dientes había desaparecido.
Tengo que admitir que la puesta en escena estaba acorde al precio inicial y quizás el pedido de rebaja me jugaba en contra, porque si se me antojaba un segundo round, la excusa del “tengo solamente cuatro pesos” no me daba oportunidad, salvo, y eso lo pensé mientras caminaba por el lago pasillo de entrada, que le ofreciera el flamante atado de cigarrillos que había comprado un rato antes, cuyo costo sumado era en definitiva el valor de la tarifa oficial.
La pirata entró, se acomodó en la única silla del cuarto, me miró fijo, y mientras se sacaba la ropa me preguntó la edad. Obviamente le mentí
- 17 le dije.
Estoy seguro que no me creyó pero ya no importaba. Cuando quedó en corpiños mi erección era tal que no sabía si podía resistir que se los sacara. Se paró suavemente y se sentó al borde de la cama de espaldas hacia mí. Allí veo que se saca la pollera, hace una rara maniobra y un suspiro como de alivio. Casi no contenía mi jadeo, el momento estaba ahí, todo lo planeado durante días estaba en mis narices, sólo faltaba lo mejor. La sensación de carcajada inminente se desdibujó en un instante; la pirata me revelaba un secreto sin palabras, el que todos conocían pero nadie informaba, ni yo lo haría jamás, por temor a ser señalado o burlado como los clientes. El secreto se me presentaba de la peor manera, en el peor momento y mis 15 se redujeron a cinco cuando me salió aquel grito de terror provocado por la increíble imagen de una pata de palo que ella apoyaba sobre la mesa de luz mientras me preguntaba tímidamente:
-¿te molesta si me la saco, así trabajo más cómoda?
Con los años supe por qué motivo “la pirata” perdió su pierna. En un fallido salto en alto por el alambrado de púas de tres hilos, mientras huía de su patrona, a la que le disputaba los favores amorosos. El galán era capataz de la estancia Las Flores, allá, pasando el arroyo Clé, saliendo de Gualeguay. Pero esa, mis amigos, es otra historia….
Llegando a las cinco esquinas la ví, no hubo necesidad para disimulos. Las calles estaban vacías, la encaré de una, aún hoy me sorprende tanta determinación. El acuerdo fue inmediato hubo un pedido, un precio, la típica respuesta buscando rebaja y la suma casi de oferta reparaba en algo una noche con poco trabajo. Las instrucciones no se hicieron demorar
- Andá nomás, entrá por esa puerta (señalando un portón de chapa oxidado), seguí hasta el fondo que hay una puerta verde, entrá y acostate que ya voy.
Amigos, nada hasta acá hacía sospechar que algo no estaba bien, todo seguía un curso normal. Ni mi edad y mis ganas contribuían a no pensar demasiado. El momento del acto era inminente y esa sensación estaba muy presente en mi cuerpo.
Una foto de ella bastante más joven en la pared de ese cuanto decorado con un gusto principiante, alejó una posible sorpresa, ella era ella. Una estufa a kerosén consumía el ya de por sí enrarecido oxígeno, el catre, las sábanas, una palangana con agua al costado, un jabón blanco semi partido y un velador con luz roja en un foco de 40w, todo a media luz, todo como eran las piezas de los bulines conocidos, con más o menos detalles. El lugar era lo de menos, ya casi estaba desnudo cuando escuché sus pasos en el pasillo, la respiración se me entrecortaba, no me acordaba del frío y el traqueteo de los dientes había desaparecido.
Tengo que admitir que la puesta en escena estaba acorde al precio inicial y quizás el pedido de rebaja me jugaba en contra, porque si se me antojaba un segundo round, la excusa del “tengo solamente cuatro pesos” no me daba oportunidad, salvo, y eso lo pensé mientras caminaba por el lago pasillo de entrada, que le ofreciera el flamante atado de cigarrillos que había comprado un rato antes, cuyo costo sumado era en definitiva el valor de la tarifa oficial.
La pirata entró, se acomodó en la única silla del cuarto, me miró fijo, y mientras se sacaba la ropa me preguntó la edad. Obviamente le mentí
- 17 le dije.
Estoy seguro que no me creyó pero ya no importaba. Cuando quedó en corpiños mi erección era tal que no sabía si podía resistir que se los sacara. Se paró suavemente y se sentó al borde de la cama de espaldas hacia mí. Allí veo que se saca la pollera, hace una rara maniobra y un suspiro como de alivio. Casi no contenía mi jadeo, el momento estaba ahí, todo lo planeado durante días estaba en mis narices, sólo faltaba lo mejor. La sensación de carcajada inminente se desdibujó en un instante; la pirata me revelaba un secreto sin palabras, el que todos conocían pero nadie informaba, ni yo lo haría jamás, por temor a ser señalado o burlado como los clientes. El secreto se me presentaba de la peor manera, en el peor momento y mis 15 se redujeron a cinco cuando me salió aquel grito de terror provocado por la increíble imagen de una pata de palo que ella apoyaba sobre la mesa de luz mientras me preguntaba tímidamente:
-¿te molesta si me la saco, así trabajo más cómoda?
Con los años supe por qué motivo “la pirata” perdió su pierna. En un fallido salto en alto por el alambrado de púas de tres hilos, mientras huía de su patrona, a la que le disputaba los favores amorosos. El galán era capataz de la estancia Las Flores, allá, pasando el arroyo Clé, saliendo de Gualeguay. Pero esa, mis amigos, es otra historia….
jueves, 30 de abril de 2009
La llave de un triste recuerdo (Parte II)
Por Arnold Coss
Aprendió desde muy temprano lo que era una
ausencia y fue a finales de Agosto cuando su madre falleció. Los chicos son
intuitivos y tienen una habilidad especial para darse cuenta que a su alrededor
algo pasa y por aquellos días el Colo, se sentía como perdido, angustiado sin
saber bien que le pasaba. Esta sensación podía tener diferentes formas,
lugares, duración o intensidad.
Seguramente para protegerlo, su Padre, tan solo
le había dicho que ella estaba un poco enferma. Como todo chico, por supuesto,
se habrá imaginado un resfriado o quizás alguna de esas enfermedades como las
que a él lo obligaron a permanecer en cama alguna vez. Pero paso bastante
tiempo y ella no volvía del hospital, y cuando lo hacía era por tiempos muy
cortos y la sospecha que algo no estaba bien lo confundía aún más.
Una de esas noches donde su madre había estado en
casa, escuchó algunos llantos que provenían de las habitaciones al fondo.
El colo, como lo conocíamos todos, era un chico
sensible, con cierta mirada sumisa y melancólica. Ahora pienso que seguramente
estaba pensando en algo referente a su madre, porque en momentos también lo
había visto secarse algunas lágrimas de sus ojos. Lo increíble era que le
duraba poco, al rato ya estaba con todos nosotros, jugando y corriendo alocado,
como si el mundo se acabara en poco tiempo.
Creció imaginando que quizás ella no había
muerto, que en realidad se escondía, o porque no, estaba en el otro lado del
pueblo y por ahí tenía otros hijos, y era feliz. Siempre pensaba que a la
vuelta de la esquina la encontraría y le sonreiría como tantas otras veces. No
lo afligía la idea del "abandono", no consideraba la posibilidad de
odiarla por ello, lo único que le importaba es que estuviera bien... y con toda
su alma deseaba que estuviese viva. Con el paso de los años, el niño dio lugar
adolecente y al nacimiento de la inevitable madurez. La eterna ilusión se fue
perdiendo ante la abrumadora realidad. La nostalgia en momentos era
insoportable, le dolían todos los sentidos pensando en los buenos momentos
vividos, cubierto por sus brazos y sus besos. Ya siendo adulto, en soledad y
silencio rescataba recuerdos, los pocos que podía tener. El dolor más grande, le
causaba no poder recordar su voz ni su olor ni su amada sonrisa.
Pensaba en su Padre, en lo duro que debió ser
todo. Le gustaba pensar que desde que se habían separado él no la había
olvidado ni un solo día, imaginando con su mente la otra vida posible, la vida
que no fue, una vida sin carencias, aun siendo consciente de haber sido
medianamente feliz, y con la vista puesta en su reflejo entendió que cuando
amas de verdad a alguien, aprendes que la muerte tan solo es el principio de la
inmortalidad.
miércoles, 1 de abril de 2009
De recuerdos y olores
Por Arnold Coss
Buscando en mi mente partes de un pasado inmediato, reconstruí casi sin darme cuenta uno muy importante de mi pasado lejano. Instintivamente la selección de las mejores partes ocuparon mis pensamientos. Qué increíble ¿no? Hasta dónde es capaz de llevarnos la mente, a qué rincones alejados, a qué fragmentos de tiempo y espacio. Charlas que hubiésemos querido borrar, historias de triunfos, situaciones vergonzantes, emociones olvidadas y nunca compartidas. Todos esos recuerdos están en nuestras mentes, vaya a saber de que forma, archivados, seleccionados por el azar de nuestro laberinto.Cuando busco en los recuerdos, siempre pasa darme cuenta que los recuerdos cotidianos son infinitamente menos en cantidad. Es como si los arrastráramos al olvido. Y ahí van las sonrisas, las miradas, los gestos y por qué no, los olores. Ya sé, pensarás qué loco recordar olores. Es raro y se supone que no es fácil. Pero cómo no tener presente treinta años después, el olor de las medias lunas saladas de aquella panadería en calle San Antonio, a las cinco y media de la mañana cuando volvíamos de bailar, o simplemente de trasnochar. ¡La pucha! lo tengo acá en este momento. Y no puedo evitar cerrar los ojos, y es un disparador de otros tantos más. Ahí viene el olor al pasto regado de la plaza San Martín, y ahora viene el de la tierra mojada, cuando pasaba la regadora municipal. El de Puerto Ruiz, cuando iba a pescar con mi padre, el de la arena mezclada con barro en Paso Coronel, el del vestuario de básquet de BH fumando a escondidas del profe. El del fútbol de Gualeguay Central, cuando traían el cajón con un par de docenas de botines, puestos una y cien veces por vaya a saber cuantos antes. El olor a la humedad del túnel que nos llevaba a la cancha y que solamente los "buenos" que llegabamos a primera podíamos transitar. El olor de la carpintería de la vuelta de mi casa, al horno de ladrillos de mi abuelo en el campo, al de la parrilla del comedor de la calle ancha. Al domingo en el hipódromo. A la fritura de las empanadas preparadas para vender y así juntar plata para el viaje de quinto.
Al de esa casa vieja pintada de rosa, donde cada vez que iba era como dar un paso más en la carrera de macho. Y aquí me detengo. Merece un párrafo aparte. ¿Cómo explicarlo? Ya desde la vereda se lo percibía de memoria. Pero cuando abríamos esa pesada y gloriosa puerta que separaba al mundo bueno de lo impúdico, una mezcla rancia flotando en el aire se abalanzaba hacia mi cuerpo, queriendo ganar la calle como buscando liberarse del encierro. Ahí estaban los vasos de vino, cerveza, ginebra, todos con sus olores superpuestos, con los perfumes de vaya saber qué marca olvida en el tiempo, puestos para la gran ocasión. El olor de los pisos que causarían el espanto de cualquier bromatólogo de la nueva generación. El de ese cuarto descascarado, con el techo de altura eterna y un cielorraso de tela pintada de blanco, con una sola cama de mil batallas de sexo olvidados, con olor a sabanas sudadas y gastadas. El olor a cuero de las billeteras abiertas para pagar tanta generosidad carnal y allí, como broche de oro, mi propio olor, enmarcado como en un retrato junto con otros recuerdos prestados por mi memoria. Estoy seguro que cuando deje de escribir estas líneas irán nuevamente a ocupar el lugar donde estaban archivados en mi mente. Hoy solamente abrí un poquito una ventana y fueron saliendo, primero como quien pide permiso, después, desbocados en malón. Tengo que admitir que me dio nostalgia mi vida vieja de olores irreconciliables con mi vida nueva, pero tengo una gran ventaja, el saber que están ahí y algún día los puedo volver a invocar, tal vez, como parte de otra historia.
Buscando en mi mente partes de un pasado inmediato, reconstruí casi sin darme cuenta uno muy importante de mi pasado lejano. Instintivamente la selección de las mejores partes ocuparon mis pensamientos. Qué increíble ¿no? Hasta dónde es capaz de llevarnos la mente, a qué rincones alejados, a qué fragmentos de tiempo y espacio. Charlas que hubiésemos querido borrar, historias de triunfos, situaciones vergonzantes, emociones olvidadas y nunca compartidas. Todos esos recuerdos están en nuestras mentes, vaya a saber de que forma, archivados, seleccionados por el azar de nuestro laberinto.Cuando busco en los recuerdos, siempre pasa darme cuenta que los recuerdos cotidianos son infinitamente menos en cantidad. Es como si los arrastráramos al olvido. Y ahí van las sonrisas, las miradas, los gestos y por qué no, los olores. Ya sé, pensarás qué loco recordar olores. Es raro y se supone que no es fácil. Pero cómo no tener presente treinta años después, el olor de las medias lunas saladas de aquella panadería en calle San Antonio, a las cinco y media de la mañana cuando volvíamos de bailar, o simplemente de trasnochar. ¡La pucha! lo tengo acá en este momento. Y no puedo evitar cerrar los ojos, y es un disparador de otros tantos más. Ahí viene el olor al pasto regado de la plaza San Martín, y ahora viene el de la tierra mojada, cuando pasaba la regadora municipal. El de Puerto Ruiz, cuando iba a pescar con mi padre, el de la arena mezclada con barro en Paso Coronel, el del vestuario de básquet de BH fumando a escondidas del profe. El del fútbol de Gualeguay Central, cuando traían el cajón con un par de docenas de botines, puestos una y cien veces por vaya a saber cuantos antes. El olor a la humedad del túnel que nos llevaba a la cancha y que solamente los "buenos" que llegabamos a primera podíamos transitar. El olor de la carpintería de la vuelta de mi casa, al horno de ladrillos de mi abuelo en el campo, al de la parrilla del comedor de la calle ancha. Al domingo en el hipódromo. A la fritura de las empanadas preparadas para vender y así juntar plata para el viaje de quinto.
Al de esa casa vieja pintada de rosa, donde cada vez que iba era como dar un paso más en la carrera de macho. Y aquí me detengo. Merece un párrafo aparte. ¿Cómo explicarlo? Ya desde la vereda se lo percibía de memoria. Pero cuando abríamos esa pesada y gloriosa puerta que separaba al mundo bueno de lo impúdico, una mezcla rancia flotando en el aire se abalanzaba hacia mi cuerpo, queriendo ganar la calle como buscando liberarse del encierro. Ahí estaban los vasos de vino, cerveza, ginebra, todos con sus olores superpuestos, con los perfumes de vaya saber qué marca olvida en el tiempo, puestos para la gran ocasión. El olor de los pisos que causarían el espanto de cualquier bromatólogo de la nueva generación. El de ese cuarto descascarado, con el techo de altura eterna y un cielorraso de tela pintada de blanco, con una sola cama de mil batallas de sexo olvidados, con olor a sabanas sudadas y gastadas. El olor a cuero de las billeteras abiertas para pagar tanta generosidad carnal y allí, como broche de oro, mi propio olor, enmarcado como en un retrato junto con otros recuerdos prestados por mi memoria. Estoy seguro que cuando deje de escribir estas líneas irán nuevamente a ocupar el lugar donde estaban archivados en mi mente. Hoy solamente abrí un poquito una ventana y fueron saliendo, primero como quien pide permiso, después, desbocados en malón. Tengo que admitir que me dio nostalgia mi vida vieja de olores irreconciliables con mi vida nueva, pero tengo una gran ventaja, el saber que están ahí y algún día los puedo volver a invocar, tal vez, como parte de otra historia.
lunes, 23 de marzo de 2009
Escuchá, escuchá....
Por Arnold CossEl viejo Pedro, alguna vez me contó que cuando iba a trabajar, previo paso por lo de Pocho Falher, donde se tomaba una Ginebra, caminaba tranquilo por la calle 25 de Mayo, que todavía era de tierra. Mientras en una mano atesoraba su azada y en la otra el rastrillo a las 6 de la mañana escuchaba, casa por casa, de ventana en ventana, el relato de un cuento, salido del parlante de las radios prendidas para la ocasión. Era Don Verídico, personaje criollo, grotesco y bolacero como pocos, del gran Luis Landricina. Nadie hablaba alrededor, el día empezaba después de la historia que sonaba con el inconfundible ruido a disco y púa gastada de tanto pasarlos y despertar al pueblo con una sonrisa.
El viejo Pedro, perdió afectos, gano en soledad y con ella aprendió a escuchar. Cuando creía que a nadie le interesarían sus experiencias, adquiridas a golpes y desencuentros, aparecieron los nietos y con ellos renovó sus esperanzas de trascender.
Con especial cuidado el viejo Pedro, cultivó en la vida como en el campo una huerta sin final, los zapallitos, zanahorias, melones amarillos y sandías, fueron como sus hijos y también se repartirían, unos por la vida, los otros entre platos de vecinos y amigos.
Era rutina verlo sentado de costado en la mesa de la cocina, mirando al patio, como esperando, su mirada cambiaba a las 12, el momento llegaba, desde la radio que miraba el mundo desde arriba de la vieja heladera Siam, bajaba firme la vos del periodista que él acompañaba, con exacta sincronización.
Muchísimos años después, al final de sus días, sentado en igual posición, pero mirando un paisaje que ya no reconocía, como distraído sumergido en el vidrio de la ventana, me llamó con fuerzas, cuando llego me susurra:
- Escucha, escucha, pone más fuerte, está Mario Alarcón, el de Espontánea….
Vaya a saber que intrincado complejo de variables se alinearon en aquel momento, estaba recordando el final de todas sus mañanas en LT 38 Radio Gualeguay, la AM de mi querida ciudad natal y me recito sin pestañar:
Yo he conocido cantores,
que era un gusto el escuchar,
más no quieren opinar
Y se divierten cantando.
Pero yo, canto opinando,
que es mi modo de cantar.
Estrofa memorable de nuestro Martín Fierro, yo no salía de mi asombro, pocas palabras habían salido de su boca, hacía mucho tiempo que la coherencia verbal le había dejado paso al silencio y ahí nomás, como si nada se despachó con:
Dios formó lindas las flores,
delicadas como son;
les dio toda perfeción
y cuanto El era capaz,
pero al hombre le dio más
cuando le dio el corazón
Le dio claridá a la luz,
juerza en su carrera al viento,
le dio vida y movimiento
dende la águila al gusano,
pero más le dio al cristiano
al darle el entendimiento.
El viejo Pedro, se cansaba más de la cuenta en cualquier esfuerzo, cada día que pasaba era festejado y exponía nuestro más aguerrido sentido de posesión obsesivo, ese que nos suele aparecer cuando se arrima lo irremediable. Tomo aire, hizo una mueca, me pareció verlo sonreír con picardía, como un chico que descubre el regalo anticipado de los reyes. Me volvió a mirar, sus ojos no eran los perdidos de siempre, tenían luz y me dijo con su voz pausada:
- Escucha, escucha. Mientras repetía a la perfección, como en aquellos años
Con mi deber he cumplido
y ya he salido del paso,
pero diré, por si acaso,
pa´ que me entiendan los criollos:
que todavía me quedan rollos
por si se ofrece dar lazo.
Con sus manos gastadas y haciendo un esfuerzo más, intentó una especie de reverencia. Era como que se estaba despidiendo también, con esas estrofas atesoradas y por tantos años guardadas.
Al viejo Pedro, unos pocos días más tarde, se le acabó finalmente le lazo. Una cálida tarde de Septiembre, se fue manso, sin apuros, sin despedidas eternas, solamente se durmió, se apagaba una llama de 90 años. Se llevo muchas historias para contar, dejaba una vida para recordar.
Los recuerdos de los que ya no están, suelen venir cargados de nostalgias, son como la llave triste que nos abre la puerta al laberinto del pasado. Hoy vino este recuerdo y como saben, será solamente uno entre tantos otros.
Me gusta pensar que en algún lugar estará plantando sus cebollitas de verdeo, sus tomates o simplemente removiendo la tierra, preparándola para lo que vendrá y ahí susurrando, muy despacito me diga
- Escucha, escucha.
Y con esto me despido
sin espresar hasta cuándo.Siempre corta por lo blando
el que busca lo siguro,
mas yo corto por lo duro,
y ansí he de seguir cortando.
jueves, 29 de enero de 2009
La llave de un triste recuerdo (Parte III)
Por Arnold Coss
Me senté en el sillón, mire fijamente la pantalla. Una vez más estaba buscando un motivo para largarme a escribir. El motivo llego de la mano de un triste recuerdo, una historia de desencuentros y un final en soledad.
Ramón Ángel Grillo, llego desde Azul, provincia de Buenos Aires, allá por los fines de los años ’70. Vino a esta ciudad como llegaron y siguen llegando muchos. Un bolso, los ojos abiertos de par en par para absorber las maravillas de la gran manzana y un sueño, el gran sueño, poder hacer algo distinto con su vida, una vida transitada casi siempre por la banquina.
A los veintidós regresaba de la colimba, dos años en Puerto Belgrano, lo habían transformado en un muchacho melancólico, callado y con un acrecentado desprecio por la autoridad, a la misma que lo humilló al grito de cuerpo a tierra y saltos de rana. Su pueblo no había cambiado en nada, pero él si, ya no era el mismo, venía “recibido” de hombre, ahora jugaba para los mayores y era necesario imponer respeto, lo que no le resulto fácil y marcó en forma definitiva lo que sería el resto de su vida.
Ramón Ángel, entendió tarde que el lugar de hombre que reclamaba, no se ganaba con el solo hecho de cumplir años, ahora debía demostrar con hechos de lo que era capaz.
Un frustrado noviazgo con Liliana Mansilla la hija mayor del almacenero más antiguo del barrio, intentó amoríos con “la Susana", quien había sabido conquistar corazones solitarios y a los que muchos le habían dedicado intimas confesiones. Susana intentó trabajarlo de apoco, era un chico grande que jugaba a ser adulto sin saber al menos las reglas básicas. Digo intentó porque solamente unos años duro el romance y un par más, para que él tomara la decisión de dejar todo e irse del hogar que habían formado. La llegada de sus hijos, Marita y Armando, solamente postergaron por un tiempo, lo que era cosa juzgada, ni el pueblo, ni su gente, ni su familia lograron conformarlo.
Al primer cachetazo, le siguieron un sin fin de insultos y agresiones verbales, esa fue la puerta de salida para emprender el viaje y no volver. Nunca más regreso, al poco tiempo ya nadie en Azul se acordaba de él, sus padres fallecidos y sin hermanos hicieron fácil el olvido, solamente sus hijos al principio, cada tanto preguntaban por alguna noticia. Marita termino la secundaria, se fue a Tandil, poco se supo de su destino, cuentan que se caso muy joven y que con tres chicos y su esposo talabartero, están radicados en Tres Arroyos.
Armando, viajo a la capital y logro encontrar a su padre un mediodía de Marzo, en un bar de mala muerte en plaza Constitución, ahí estaba, haciendo lo mismo que todos los días al mediodía antes de arrancar su rutina de taxista. Almorzando una milanesa con papas, tomado un vaso de vino tinto, con la mirada fija en el televisor que sin voz, colgaba de la pared. El olor de los baños se mezclaba confuso con las frituras, pero en ese mundo Ramón Ángel parecía haber encontrado un rincón donde acomodarse, casi como si fuera propio.
A pesar de los años pasados y la apariencia física transformada, ninguno de los dos dudo sobre su identidad, 40 años habían pasado. Para el viejo, esos años fueron de una rutina salvaje y abrumadora, solamente al principio intentó ser alguien, pero la realidad le dio de lleno en la frente, solamente servía para transcurrir en la vida, muy alejado de cualquier intento que significara trascender y así las cosas, no le costo mucho tiempo entender su realidad..
Para Armando el encuentro era deuda pendiente pero le bastaron diez minutos en darse cuenta que nada ya tenían en común, ni siquiera repasando sus vidas encontraron interés en la charla, cuando no hubo más nada que decir ni ganas de preguntar, solamente quedo un teléfono escrito en un papel:
- Se lo dejo por las dudas, si tiene ganas me llama. Le dijo Armando, sabiendo desde el vamos que eso no iba a suceder jamás.
Fue una despedida con sabor a nada. Armando, volvió para Azul, con la certeza que ya no lo volvería a ver. Para el viejo Ramón Ángel, fue como haber vivido un espejismo, así prefirió conservar el encuentro, no vaya a ser cosa que le diera por ponerse melancólico, después de todo era su hijo, pero no más conocido que el cantinero que todos los días le daba de comer.
Ramón Ángel conocía sus debilidades, por eso no tubo amigos, ni hablar de mujeres, solamente un perro fue su compañía, pero duro poco, lo regalo cuando empezó a encariñarse.
La única vez que lo vi fue como espectador de una escena, como las que vivimos a diario, estaba cubriendo mi turno nocturno en la Shell de Cerrito y Libertador cuando escuchamos unos gritos.
Esa noche Ramón Ángel, había salido en su ronda nocturna, la rutina y el desgano seguramente lo hicieron distraer, rozando sin querer un colectivo de la línea 17, que a las doce de la noche terminaba su recorrido y se iba por Av. Libertador. El colectivero, un taita de unos 30 años, lo encerró en la esquina al grito de;
- Viejo de mierda casi me chocas, andate a la puta que te parió, pelotudo.
Ahí, sin más le pateo la puerta del taxi. Ramón Ángel quizás entendió la agresión como un momento de su pasado, se bajo con la llave cruz, la que se usa para ajustar y desajustar las ruedas, corriendo a la par del colectivo que ya había arrancado. En esa carrera temeraria sin sentido tropezó, al caer golpeó la cabeza contra el asfalto. Quedó allí, intentando decir algo, balbuceo sus ultimas palabras, mientras un hilo de sangre salía por su oído derecho. Levanto pesadamente su brazo en dirección al cielo y debajo de la autopista Illia, un 13 de Noviembre de 2003, encontró su final a los 73 años cumplidos el día anterior. Hubo sirenas, corridas, ambulancias y patrulleros a las pocas horas ya no quedaban rastros de accidente.
Confieso que casi me había olvidado por completo, hasta que meses después, Armando vino a ver el lugar donde su ausente padre, había dejado su existencia.
Me contó algunas anécdotas perdidas, intentó refugiarse en los laberintos del destino, hablo como si no lo escuchara, como pensando en voz alta. Al rato se sentó en el cordón de la vereda, aturdido por la revelación de sus sentimientos y lloró, seguramente fueron las únicas lágrimas que Don Ramón Ángel recibió en su memoria.
Lo deje solo, se quedó mirando la luna perdiéndose por los techos de los galpones de retiro. Busco entre sus bolsillos y sacó el mismo papel que le había dado hace unos años, en el bar, con su número de teléfono. Ese papel, junto con 20 pesos, una billetera gastada, una muy vieja radio a pilas y una foto ajada y gastada de su hijo Armando cuando tenía 3 años, fueron su única herencia.
Esa noche, Armando se volvió quizá más triste que la vez anterior, pero más aliviado de pensamiento, el muerto estaba muerto definitivamente, le había dicho Marita ante la novedad y las puertas se fueron cerrando sobre alguien, que eligió pasar por la vida sin ser visto.
Ramón Ángel Grillo, llego desde Azul, provincia de Buenos Aires, allá por los fines de los años ’70. Vino a esta ciudad como llegaron y siguen llegando muchos. Un bolso, los ojos abiertos de par en par para absorber las maravillas de la gran manzana y un sueño, el gran sueño, poder hacer algo distinto con su vida, una vida transitada casi siempre por la banquina.
A los veintidós regresaba de la colimba, dos años en Puerto Belgrano, lo habían transformado en un muchacho melancólico, callado y con un acrecentado desprecio por la autoridad, a la misma que lo humilló al grito de cuerpo a tierra y saltos de rana. Su pueblo no había cambiado en nada, pero él si, ya no era el mismo, venía “recibido” de hombre, ahora jugaba para los mayores y era necesario imponer respeto, lo que no le resulto fácil y marcó en forma definitiva lo que sería el resto de su vida.
Ramón Ángel, entendió tarde que el lugar de hombre que reclamaba, no se ganaba con el solo hecho de cumplir años, ahora debía demostrar con hechos de lo que era capaz.
Un frustrado noviazgo con Liliana Mansilla la hija mayor del almacenero más antiguo del barrio, intentó amoríos con “la Susana", quien había sabido conquistar corazones solitarios y a los que muchos le habían dedicado intimas confesiones. Susana intentó trabajarlo de apoco, era un chico grande que jugaba a ser adulto sin saber al menos las reglas básicas. Digo intentó porque solamente unos años duro el romance y un par más, para que él tomara la decisión de dejar todo e irse del hogar que habían formado. La llegada de sus hijos, Marita y Armando, solamente postergaron por un tiempo, lo que era cosa juzgada, ni el pueblo, ni su gente, ni su familia lograron conformarlo.
Al primer cachetazo, le siguieron un sin fin de insultos y agresiones verbales, esa fue la puerta de salida para emprender el viaje y no volver. Nunca más regreso, al poco tiempo ya nadie en Azul se acordaba de él, sus padres fallecidos y sin hermanos hicieron fácil el olvido, solamente sus hijos al principio, cada tanto preguntaban por alguna noticia. Marita termino la secundaria, se fue a Tandil, poco se supo de su destino, cuentan que se caso muy joven y que con tres chicos y su esposo talabartero, están radicados en Tres Arroyos.
Armando, viajo a la capital y logro encontrar a su padre un mediodía de Marzo, en un bar de mala muerte en plaza Constitución, ahí estaba, haciendo lo mismo que todos los días al mediodía antes de arrancar su rutina de taxista. Almorzando una milanesa con papas, tomado un vaso de vino tinto, con la mirada fija en el televisor que sin voz, colgaba de la pared. El olor de los baños se mezclaba confuso con las frituras, pero en ese mundo Ramón Ángel parecía haber encontrado un rincón donde acomodarse, casi como si fuera propio.
A pesar de los años pasados y la apariencia física transformada, ninguno de los dos dudo sobre su identidad, 40 años habían pasado. Para el viejo, esos años fueron de una rutina salvaje y abrumadora, solamente al principio intentó ser alguien, pero la realidad le dio de lleno en la frente, solamente servía para transcurrir en la vida, muy alejado de cualquier intento que significara trascender y así las cosas, no le costo mucho tiempo entender su realidad..
Para Armando el encuentro era deuda pendiente pero le bastaron diez minutos en darse cuenta que nada ya tenían en común, ni siquiera repasando sus vidas encontraron interés en la charla, cuando no hubo más nada que decir ni ganas de preguntar, solamente quedo un teléfono escrito en un papel:
- Se lo dejo por las dudas, si tiene ganas me llama. Le dijo Armando, sabiendo desde el vamos que eso no iba a suceder jamás.
Fue una despedida con sabor a nada. Armando, volvió para Azul, con la certeza que ya no lo volvería a ver. Para el viejo Ramón Ángel, fue como haber vivido un espejismo, así prefirió conservar el encuentro, no vaya a ser cosa que le diera por ponerse melancólico, después de todo era su hijo, pero no más conocido que el cantinero que todos los días le daba de comer.
Ramón Ángel conocía sus debilidades, por eso no tubo amigos, ni hablar de mujeres, solamente un perro fue su compañía, pero duro poco, lo regalo cuando empezó a encariñarse.
La única vez que lo vi fue como espectador de una escena, como las que vivimos a diario, estaba cubriendo mi turno nocturno en la Shell de Cerrito y Libertador cuando escuchamos unos gritos.
Esa noche Ramón Ángel, había salido en su ronda nocturna, la rutina y el desgano seguramente lo hicieron distraer, rozando sin querer un colectivo de la línea 17, que a las doce de la noche terminaba su recorrido y se iba por Av. Libertador. El colectivero, un taita de unos 30 años, lo encerró en la esquina al grito de;
- Viejo de mierda casi me chocas, andate a la puta que te parió, pelotudo.
Ahí, sin más le pateo la puerta del taxi. Ramón Ángel quizás entendió la agresión como un momento de su pasado, se bajo con la llave cruz, la que se usa para ajustar y desajustar las ruedas, corriendo a la par del colectivo que ya había arrancado. En esa carrera temeraria sin sentido tropezó, al caer golpeó la cabeza contra el asfalto. Quedó allí, intentando decir algo, balbuceo sus ultimas palabras, mientras un hilo de sangre salía por su oído derecho. Levanto pesadamente su brazo en dirección al cielo y debajo de la autopista Illia, un 13 de Noviembre de 2003, encontró su final a los 73 años cumplidos el día anterior. Hubo sirenas, corridas, ambulancias y patrulleros a las pocas horas ya no quedaban rastros de accidente.
Confieso que casi me había olvidado por completo, hasta que meses después, Armando vino a ver el lugar donde su ausente padre, había dejado su existencia.
Me contó algunas anécdotas perdidas, intentó refugiarse en los laberintos del destino, hablo como si no lo escuchara, como pensando en voz alta. Al rato se sentó en el cordón de la vereda, aturdido por la revelación de sus sentimientos y lloró, seguramente fueron las únicas lágrimas que Don Ramón Ángel recibió en su memoria.
Lo deje solo, se quedó mirando la luna perdiéndose por los techos de los galpones de retiro. Busco entre sus bolsillos y sacó el mismo papel que le había dado hace unos años, en el bar, con su número de teléfono. Ese papel, junto con 20 pesos, una billetera gastada, una muy vieja radio a pilas y una foto ajada y gastada de su hijo Armando cuando tenía 3 años, fueron su única herencia.
Esa noche, Armando se volvió quizá más triste que la vez anterior, pero más aliviado de pensamiento, el muerto estaba muerto definitivamente, le había dicho Marita ante la novedad y las puertas se fueron cerrando sobre alguien, que eligió pasar por la vida sin ser visto.
viernes, 9 de enero de 2009
20 años no es nada.....
Por Arnold Coss
Cuantas veces los que ya pasamos la barrera de los cuarenta, hemos invocado esta frase?
Hoy, un 9 de Enero pero del año 1989, con Claudio Carraud, el Chino Bruzzoni y Pancho Fava, emprendíamos un largo y especial viaje de vacaciones a CAMBORIU en Brasil.
Cuantas veces los que ya pasamos la barrera de los cuarenta, hemos invocado esta frase?
Hoy, un 9 de Enero pero del año 1989, con Claudio Carraud, el Chino Bruzzoni y Pancho Fava, emprendíamos un largo y especial viaje de vacaciones a CAMBORIU en Brasil.
Las conversaciones se habían iniciado allá por Septiembre. Primero juntar los 89 dólares no era cosa fácil y en segundo lugar, que coincidan las vacaciones de los cuatro ya era más complicado.
Claudio y el Chino necesitaban a su vez de un permiso extra, el de sus respectivas novias. Ellas con su consentimiento, finalmente autorizaban a que el esperado viaje pudiera realizarse.
Por esos años, aventurarse a salir del país, no solo representaba audacia, sino que también agregaba una cuota de satisfacción personal, concluyendo en lo que en este instante pasa, haber trascendido en mis memorias durante 20 años y sin duda alguna, seguirá viviendo en mis recuerdos hasta el fin de mis días.
Claudio y el Chino necesitaban a su vez de un permiso extra, el de sus respectivas novias. Ellas con su consentimiento, finalmente autorizaban a que el esperado viaje pudiera realizarse.
Por esos años, aventurarse a salir del país, no solo representaba audacia, sino que también agregaba una cuota de satisfacción personal, concluyendo en lo que en este instante pasa, haber trascendido en mis memorias durante 20 años y sin duda alguna, seguirá viviendo en mis recuerdos hasta el fin de mis días.
Fuimos asociados apresuradamente al Sindicato de Empleados de Comercio para obtener el beneficio de viajar en uno de los micros contratados por ellos y a un costo realmente válido para nuestros magros bolsillos.
Salimos por la mañana temprano desde plaza Once en un micro de la empresa Alvarez Hnos. rigurosos desconocidos para nosotros, al igual que el resto de los pasajeros. Poco importaba el entorno, para nosotros cuatro, la espera había llegado a su fin. Atrás quedaba una noche de mal dormir, excitado pensando en la partida y sus preparativos. La despedida fue un instante y llegar a Paso de los Libres, fue como un instante, estábamos en la aduana, cuando se produce el primer contratiempo, hacer los trámites para pasar a Uruguayana, que lo parió el calor que hacía, cuatro horas fueron suficiente espera como para sentir que no todo era diversión.
Cuando ingresamos a Brasil, nos cambiaron a un colectivo de última generación, con baño y bar, una verdadera joya por aquellos años.
Luego de 36 hs. llegamos al hotel, no importaba el cansancio, dejamos inmediatamente nuestros bolsos y nos fuimos al mar.
Contar las impresiones inmediatas quizás no tenga sentido, porque todo nos resultaba genial. Que el recuerdo cause nostalgia y bienestar, alcanza como para darse afirmar que el momento fue sublime. Un mar increíble (que más se puede decir sin caer en lo reiterativo), arenas blancas como pocas, un clima atrapante en todo los sentidos, es decir, las condiciones ideales para pasar lo que hasta ese momento eran “las vacaciones más importantes de nuestras vidas”.
En ese paraíso, la vi por primera vez, no me causo curiosidad inmediata, ya que todo lo que vivía tenía ritmo vertiginoso. Junto a su hermana y unas amigas, llegaron con las mismas ilusiones, pasarla bien y disfrutar de la aventura.
Para nosotros los Gualeguachos, tocar la guitarra, el bongó y aullar un rato al ritmo de El Oso o de Carta de un León a otro, era el condimento idea, formaba parte de nuestro folklore, salvo el de Pancho, cuya mira estaba dirigida en una sola dirección, las mininas. Para él salir con un paraguas para acompañar a las chicas cuando llovía era uno de sus “ganchos”, para ofrecerse como salvador e iniciar una charla.
El chino, encargado oficial de la máquina de sacar fotos del papá de Claudio, justamente, comandaba la parte artística. Todas las fotos, debían ser certeras, sin errores, debían reflejar fielmente lo mejor del paisaje y de nuestras figuras. Demás está decir que en algunos casos, la tarea era más que difícil, pero con buena voluntad y disimulo, algunos pasamos desapercibidos. Pregunta que me viene a la memoria, ¿Dónde están esas fotos ahora? Tengo la sensación de no haberlas visto nunca, solamente una me quedo guardada y la reconozco por la gastada remera lila comprada en el Feijoo de la av. Santa Fe, pegado a lo que era la Gata Alegría, a metros del 1er. Gran Musimundo, cerquita del Pumper donde Claudio estudiaba antes de entrar a clases en el Instituto Obrero Católico, de la calle Junin.
Ir a la disquería de moda Whiskadao, creo que se llamaba era lo más. Sus cinco pistas, su vista al mar y los show en vivo, hacían que nadie dejara de ir, y nosostros no podíamos ser menos, era nuestro paso obligado.
La casa de Mario o mejor dicho, “Mario Hause”, fue sin dudas un mundo de revelaciones, no por el encuentro cara a cara con varios gay´s y travestis o lo que fuese, sino que conocer toda una mansión, donde vivían en comunidad, regenteados por su mentor y benefactor, le daba un toque de mística, que por aquel entonces intrigaba. Esa noche vi el streeptease en vivo más impactante de mi vida, el de una rubia sin igual, la única mujer del clan. Luego un travesti intento hacer algo parecido, todo muy lindo, hasta que “pelo” la zunga y el amigo se bamboleaba al ritmo de su andar. Hubo silbidos, gritos, puteadas y demás, pero estoy seguro y sabemos de quien hablo, que esa erección no le pasó desapercibida, es más, lo vi como levitando, de alguna manera desde atrás estaba más alto que el resto del publico, y sus ojos quedaron fijos sin dar crédito a las imágenes y sensaciones que lo invadían.
Alguien confundió su habitación y su pantalón y nos robó unos pesos guardados, poco importó la fiesta era continua. Allá quedaron los desayunos con bananas, jamón, queso, café con leche, tostadas, etc. También quedo el recuerdo de las playas de Bombas y Bombiñas, de una partida de ajedrez con vista al más verde de todos los mares vistos en Florianópolis. Allá quedaron el nadar desnudos y el picado, argentinos contra brasucas. Al viaje a Blumenau, hermosa ciudad de casas tipo alemán, donde entrar a las grandes tiendas era toda una aventura.
Salimos por la mañana temprano desde plaza Once en un micro de la empresa Alvarez Hnos. rigurosos desconocidos para nosotros, al igual que el resto de los pasajeros. Poco importaba el entorno, para nosotros cuatro, la espera había llegado a su fin. Atrás quedaba una noche de mal dormir, excitado pensando en la partida y sus preparativos. La despedida fue un instante y llegar a Paso de los Libres, fue como un instante, estábamos en la aduana, cuando se produce el primer contratiempo, hacer los trámites para pasar a Uruguayana, que lo parió el calor que hacía, cuatro horas fueron suficiente espera como para sentir que no todo era diversión.
Cuando ingresamos a Brasil, nos cambiaron a un colectivo de última generación, con baño y bar, una verdadera joya por aquellos años.
Luego de 36 hs. llegamos al hotel, no importaba el cansancio, dejamos inmediatamente nuestros bolsos y nos fuimos al mar.
Contar las impresiones inmediatas quizás no tenga sentido, porque todo nos resultaba genial. Que el recuerdo cause nostalgia y bienestar, alcanza como para darse afirmar que el momento fue sublime. Un mar increíble (que más se puede decir sin caer en lo reiterativo), arenas blancas como pocas, un clima atrapante en todo los sentidos, es decir, las condiciones ideales para pasar lo que hasta ese momento eran “las vacaciones más importantes de nuestras vidas”.
En ese paraíso, la vi por primera vez, no me causo curiosidad inmediata, ya que todo lo que vivía tenía ritmo vertiginoso. Junto a su hermana y unas amigas, llegaron con las mismas ilusiones, pasarla bien y disfrutar de la aventura.
Para nosotros los Gualeguachos, tocar la guitarra, el bongó y aullar un rato al ritmo de El Oso o de Carta de un León a otro, era el condimento idea, formaba parte de nuestro folklore, salvo el de Pancho, cuya mira estaba dirigida en una sola dirección, las mininas. Para él salir con un paraguas para acompañar a las chicas cuando llovía era uno de sus “ganchos”, para ofrecerse como salvador e iniciar una charla.
El chino, encargado oficial de la máquina de sacar fotos del papá de Claudio, justamente, comandaba la parte artística. Todas las fotos, debían ser certeras, sin errores, debían reflejar fielmente lo mejor del paisaje y de nuestras figuras. Demás está decir que en algunos casos, la tarea era más que difícil, pero con buena voluntad y disimulo, algunos pasamos desapercibidos. Pregunta que me viene a la memoria, ¿Dónde están esas fotos ahora? Tengo la sensación de no haberlas visto nunca, solamente una me quedo guardada y la reconozco por la gastada remera lila comprada en el Feijoo de la av. Santa Fe, pegado a lo que era la Gata Alegría, a metros del 1er. Gran Musimundo, cerquita del Pumper donde Claudio estudiaba antes de entrar a clases en el Instituto Obrero Católico, de la calle Junin.
Ir a la disquería de moda Whiskadao, creo que se llamaba era lo más. Sus cinco pistas, su vista al mar y los show en vivo, hacían que nadie dejara de ir, y nosostros no podíamos ser menos, era nuestro paso obligado.
La casa de Mario o mejor dicho, “Mario Hause”, fue sin dudas un mundo de revelaciones, no por el encuentro cara a cara con varios gay´s y travestis o lo que fuese, sino que conocer toda una mansión, donde vivían en comunidad, regenteados por su mentor y benefactor, le daba un toque de mística, que por aquel entonces intrigaba. Esa noche vi el streeptease en vivo más impactante de mi vida, el de una rubia sin igual, la única mujer del clan. Luego un travesti intento hacer algo parecido, todo muy lindo, hasta que “pelo” la zunga y el amigo se bamboleaba al ritmo de su andar. Hubo silbidos, gritos, puteadas y demás, pero estoy seguro y sabemos de quien hablo, que esa erección no le pasó desapercibida, es más, lo vi como levitando, de alguna manera desde atrás estaba más alto que el resto del publico, y sus ojos quedaron fijos sin dar crédito a las imágenes y sensaciones que lo invadían.
Alguien confundió su habitación y su pantalón y nos robó unos pesos guardados, poco importó la fiesta era continua. Allá quedaron los desayunos con bananas, jamón, queso, café con leche, tostadas, etc. También quedo el recuerdo de las playas de Bombas y Bombiñas, de una partida de ajedrez con vista al más verde de todos los mares vistos en Florianópolis. Allá quedaron el nadar desnudos y el picado, argentinos contra brasucas. Al viaje a Blumenau, hermosa ciudad de casas tipo alemán, donde entrar a las grandes tiendas era toda una aventura.
La vuelta fue en otro tiempo "record" con el colectivo mordiendo la banquina en un par de oportunidades, pero los cinco litros de Caipirigna, resultaron el sedante necesario. Nos bajamos en la entrada a Gualeguaychú, visitamos a Rafa y a Laura, por aquellos años, haciendo su aventura por esos pagos, Claudio siguió viaje porque extrañaba demasiado.
Como historia, quizás no tenga el sabor de otras divertidas, pero aquellos días tiene la carga de haber cambiado mi vida, mejor dicho, de haberla empezado a construir, en otro sentido, el de estar acompañado. El de creer y aún hoy sostener que la vida me regalo, no solo ese viaje, sino que al volver inicié el más feliz de los caminos, de la mano de la que hoy es mi esposa.
Como historia, quizás no tenga el sabor de otras divertidas, pero aquellos días tiene la carga de haber cambiado mi vida, mejor dicho, de haberla empezado a construir, en otro sentido, el de estar acompañado. El de creer y aún hoy sostener que la vida me regalo, no solo ese viaje, sino que al volver inicié el más feliz de los caminos, de la mano de la que hoy es mi esposa.
Nota: Especial recuerdo en estas líneas a la memoria de Paloma Rubino y su sonrisa tan particular.
Nota 2: Este Enero, volví por un día a visitar nuevamente esas calles e intentar rencontrarme con algo parcido, pero ya 25 años (actualmente), son muchos y si no fuera por la isla enfrente creo que ya nada me era familiar. Así termina este mini viaje al pasado de una linda historia personal. Para los que estamos y vivimos esos locos días, Saludos.
Nota 2: Este Enero, volví por un día a visitar nuevamente esas calles e intentar rencontrarme con algo parcido, pero ya 25 años (actualmente), son muchos y si no fuera por la isla enfrente creo que ya nada me era familiar. Así termina este mini viaje al pasado de una linda historia personal. Para los que estamos y vivimos esos locos días, Saludos.
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