martes, 16 de octubre de 2012
viernes, 5 de octubre de 2012
Un verdadero baño de mierda
por Arnold Coss
La historia que les
voy a contar sucedió en un pueblo cercano a mi Gualeguay natal, pero también
podría contarlo como que ocurrió en cualquier otro pueblo y como en todo pueblo
la historia que les contaré, ha pasado de boca en boca por mucho tiempo y solamente
unos poco privilegiados conocemos la real verdad. Este relato no tiene nada en
común con mis anteriores contados en este blog, diría más bien que se parece un
poco al estilo de mi buen amigo Denaday, que cada tanto expone aquí
mismo, algo de su autoría.
Esta historia, que
llego a mis oídos hace ya unos años, me fue contada por un testigo ocular y esa
experiencia le costó bastante horas de sueño. Esta fuente recuerda cada momento
como algo propio, pero se encargó de manifestarme en reiteradas oportunidades
que él solamente fue un testigo y aunque las imágenes le hayan quedado
atrapadas en su mente como agarradas con ganchos, por estos tiempos, prefiere
evitar el recuerdo.
Cuando uno está en
el lugar de los hechos tiende a argumentar con el matiz de su propia percepción
y el relato de ese momento puede se tan
interesante como el relator quiera que sea, pero Fernando E., no abunda en
detalles y menos con este tema, ustedes cuando lo lean, sabrán entender el
porqué.
La diversión para
mis amigos Claudio T. y José S. había comenzado desde temprano. Ese sábado,
arrancó con mesa de truco y por supuesto una abundante picada, donde los
salames, chorizos secos y queso de chancho no faltaron, por supuesto, que todo
eso era acompañado con unas Quilmes, recién saliditas de la heladera. Al medio
día las achuras tomaban color en la parrilla y el asado de tira era como la
vedette esperada. Toda esta comida había sido devorada por unos pocos comensales,
entre ellos mis amigos mencionados y yo. El postre salió como siempre, buena
cantidad de queso cuartirolo y por supuesto un maravilloso dulce de batata con
chocolate marca Arcor, ese que viene en lata. El asado perfecto había sido
consumado, ya para las 4 PM no quedaba nadie sin sus límites alcohólicos
superados, el Termidor en tetra, estaba haciendo estragos.
Cada vez que estos
protagonistas se juntaban, algo sucedía, bueno o malo, algo pasaba, y ese algo
por lo general no era una historia sencilla de narrar, sino que tenía buenos
condimentos para analizar, una especie de diván abierto al público. Ese día en
particular, ya desde temprano, pintaba como para pasar a la historia y sin
dudas así fue.
La tarde
transcurrió de la misma manera como arrancó la mañana, un par de kilos de
helado de Bahílo terminaron por “asentar” un estómago que por esas horas,
sufría con cada nuevo bocado incorporado. Entrada la noche ya bañados y
cambiados, nos reunimos en lo de Julio a tomar unos Gancias con maníes y
unas nueces recién cosechadas, un lujo para aquel momento y ni hablar para
estos días. Los hechos de aquí en más se
suceden en forma apresurada, por eso quiero detenerme en detalles, que seguro
serán importantes repasar, luego de leer el final de esta historia. Los muchachos en cuestión como ya anticipara, eran
viejos amigos de parranda, que andaban celebrando un negocio que les había
resultado bien y como era de esperar, se despacharon con un pucherazo con todo
lo que se imaginen, carne de vaca, cerdo, pollo, zapallo, verduras, choclo, etc,
etc. que el padre de Julio había empezado a preparar desde temprano. En fin,
sus estómagos parecían dignos de una embarazada de 5 meses.
Cómo teníamos que
esperar a que trascurriera las horas, ya que el boliche Benidorm, abría como a
la una, se les ocurre ir a la “Casita Prohibida” el único burdel de poca monta,
que por esos años había y tenía chicas un poco más limpias que su antecesora
“La Guampa de Oro”. Era una noche fresca
de primavera, como las de ahora, así igualitas, de día, un lindo calorcito estando
al sol, pero de noche sino nos ponemos un buen abrigo, seguro lo vamos a
lamentar.
José S. y Claudio
T., eran conocidos en el lugar, por lo que gozaban de algunos privilegios de cliente
frecuente, hoy diríamos que serían vistos como clientes VIP. Solamente Fernando
E. los había acompañado, el resto nos fuimos cada uno a su casa. Yo no había
querido ir, porque no me sentía bien, todo lo comido y bebido me había pasado
factura.
Estaban de lo
mejor, acompañados por tres chicas voluptuosas y emparentadas de forma directa
con Patricio, el querido amigo de Bob Esponja, las muchachas tenían más sed que
pirata con diabetes.
Mis amigos tomaban
como que el mundo se iba a acabar. Dice mi amigo Fernando E. que empezaron con
un par de Paddy cada uno y ahí, más o menos perdió la cuenta de que más tomaron,
alguien subió el volumen de la música y los Wawanco sonaron con sus clásicas
cumbias. Es en este momento donde se empiezan a suceder los acontecimientos
como disparados de la memoria y es en ese instante cuando a mi amigo José S. le
vinieron de repente, dolorosos retortijones, por lo que disimuladamente le pidió
a una de las chicas un baño que no sea el
público, entrar a ese, sería inhumano y uno puede estar en pedo y medio
perdido, pero no es suicida.
Con la convicción
que se lo iba a llevar a las habitaciones luego del baño, la muchacha lo guio a
un servicio que ocupaban ellas. Nuestro repleto y ebrio amigo le dijo que se
iba a demorar un poco. Así que la muchacha se volvió a la mesa.
Se le venía la
noche a nuestro héroe. Para empezar el lugar no tenía luz, así que empezó a
buscar el inodoro con un encendedor. Al mismo tiempo se da cuenta que no solo
no hay papel, sino que hay un par de soretes flotando, además no había agua en
el balde con el cual se “debiera” vaciar luego de hacer las necesidades. Es
decir la cosa se estaba poniendo difícil de resolver.
El tipo no
aguantaba el vendaval de mierda que se venía, así que trató de pensar rápido y
vio la bañadera, vieja y medio oxidada, pero con el recipiente justo para el
depósito que con tanta urgencia necesitaba hacer. Como pudo, se acomodó en el
canto de la bañadera, con los pantalones bajos haciendo equilibrio, apoyado con
una mano contra la pared, el mareo del alcohol se hacía sentir. Algunos sólidos
iniciales deben haber tapado el desagüe, por lo que se empezó acumular lo
evacuado que se mezclaba con el pis y el agua acumulada en la base, lo que
salió después fue digno de un concierto y la satisfacción de poder hacerlo era
fantástica. Pero, lo peor estaba por venir. En cosa de segundos su amigo Claudio
T. entra preocupado al lugar, por supuesto tampoco veía demasiado, solamente en
penumbras fue tanteando por la pared, en busca de poder orinar con urgencia.
-¿Estás ahí boludo?
-Si, estoy cagando
en la bañadera, el inodoro está con mierda y tapado.
Ese fue el breve
diálogo y acto seguido Claudio T. un poco por el pedo, otro poco por tropezarse
con la maldita tabla atravesada que estaba en el piso, para tapar precariamente
el agujero del desagüe y finalmente por la oscuridad, se va sin escalas encima
de su amigote. No puedo imaginar el momento, me asquea el solo pensarlo, pero
mis amigos, siempre en el relato de Fernando E. ambos caen dentro de la
bañadera sobre esa asquerosa mezcla, al momento que Claudio T. empieza a
vomitar en forma compulsiva y sin control, sobre la humanidad de José S. que se
engrudaba enterito en ese pastiche nauseabundo y asqueroso.
Dentro de la bañadera
los dos borrachos se empiezan a revolcar como luchadores en un ring lleno de barro, para tratar de pararse,
pero los pantalones a media asta impedían que se puedan incorporar. Cuando ya
estaban completamente cubiertos hasta el cuello de mierda aparecen dos de las
chicas.
Como todo lugar de
dudosa reputación, el sistema de la luz tenía una maña. Las chicas alumbraron
el baño y la imagen mis queridos lectores no puede haber sido más espantosa, a
los gritos, corrieron desesperadas para llamar al “patrón” que él vea también
aquella escena sin igual.
-llama al Tata y al
Teco urgente, saquen a estos pelotudos de acá. Reclamaba a los gritos, mientras
se tapaba la nariz tratando infructuosamente de impedir oler, según sus dichos,
la mezcla más asquerosa que hubiese
visto en años. Viniendo de quien venía la acotación eso tiene que haber sido un
verdadero desastre, un tipo acostumbrado a sacar mamados, cagados, meados y
otros “ados”. Los dos matones de cerebro acotado, trajeron una alfombra, era la
misma que habían tirado hacía unos días por estar vieja y sucia, creo que no
hace falta que les cuente mis dudas sobre el estado mugriento de aquella,
¿¡alfombra!? Realmente cabe la frase, “llovido sobre mojado”.
Nuestros amigos,
según siempre el relato de Fernando E., no salían de la bañadera cuando llegan
los otros tipos con la alfombra, se la ponen encima y los envuelven cual pionono
de tamaño familiar. Entre los tres los llevaron hasta la puerta principal y
fueron lanzados a la calle tal cual, así medio en bolas, cagados, vomitados y
envueltos en una manta grasienta, llena de cuanto bicho y alimaña tuviese el
atrevimiento de posarse allí.
Fernando E., me relató
la triste historia y me decía que los vio en la calle cuando se incorporaban de
tan humillante situación. Los dos lloraban mientras trataban de subirse los
pantalones y se limpiaban como reflejo condicionado. Estaban cubiertos de
mierda y vómito. Para colmo de repente la noche se cerró y la frutilla del
postre a tan fría madrugada fue la incipiente llovizna, que como de la nada,
aparecía sin ser invitada. Según cuentan, Claudio T. y José S., no volvieron
más al lugar, la vergüenza los acompañó por mucho tiempo. Esto que les relato
se sabe entre algunos amigos y algún que otro convidado de piedra. Por supuesto
que los actores principales siempre negaron los hechos y con cara de asombrados,
desmentían semejantes inventos salidos de la imaginación perversa de algún trasnochado.
PD: Por razones obvias esta historia va sin fotografía alusiva.
lunes, 24 de septiembre de 2012
La Misa de las 20 hs.
por Arnold Coss
Volvió a tomar nuevamente su heredado rosario de plata con baños de oro y lo introdujo en el bolsillo de su impecable saco de hilo blanco. Había llegado justo a tiempo y antes de seguir a su madre y a su abuela por el interminable pasillo de la iglesia para dirigirse como siempre a los primeros bancos, Eugenia echó una ultima mirada a la plaza que se extendía frente a ella. Es la misma plaza Constitución, que durante años nos sirvió de asilo antes de ingresar a la ya desaparecida escuela de Comercio, Celestino Marcó.
Su madre la chistó y con una mueca, le hizo
entender que se apurara para sentarse antes de la ultima campanada que
anunciaba el inminente comienzo de la tradicional misa de los domingos a las
ocho. Eugenia por supuesto obedeció y con un suave andar se dirigió a
sentarse, como siempre en la segunda fila y por supuesto como siempre a la
derecha de su madre. Mientras avanzaba, alcanzó a divisar que más allá de la
montaña de pelo marrón que tenia su madre, había otra montaña similar pero de pelo
gris. Eugenia sabía que allí estaba su abuela. Ambas mujeres supieron usar un
rubio poco discreto durante muchos años hasta que por algún motivo y al mismo
tiempo tomaron la decisión de que la naturaleza actuara por su cuenta. Las dos llevaban
debajo de los imponentes tapados de piel,
unos elegantes vestidos comprados en la capital y escogidos únicamente
para lucirlos en la iglesia. El placer
de desfilar por el pasillo central hasta el altar, era indescriptible
para ellas. Con la frente en alto y mirando fijamente al Cristo en su cruz que
brillaba de un modo particular a esa hora de la tarde, Eugenia se alisó los
pliegues de su falda y se desabrochó la chaqueta. Su madre la observaba con ojo
inquisidor por si hacía algo indebido en la casa del Señor.
Cuando la mirada de Antonia se apartó de su hija,
ésta suspiró y entrelazó las manos. Miró el reloj y vio que quedaban quince
minutos para que sus amigos se encontraran frente a esa misma iglesia para ir
juntos al cine. Quince eternos y difíciles minutos, donde cada uno de ellos,
sería como un puñal entrando en su pecho. Eugenia, les
había prometido a sus amigos que iría, pero no había contado con la visita
mensual de su abuela Emilia y su consecuente e inevitable viaje a cumplir con la
misa dominical. Por eso, se había visto obligada a avisarles de alguna manera,
cancelando su asistencia. Su madre estaría orgullosa de ella. Siempre lo
estaba. Al menos delante de la gente. Cuando estaban en casa, Antonia no le prestaba
mucha atención sencillamente porque suponía que entre las cuatro paredes de su
casa su hija estaba protegida.
Físicamente, Eugenia no se parecía ni a su madre ni
a su abuela, que parecían copias exactas aún con varios años de diferencia.
Ella tenía el pelo moreno y ondulado, como su padre. Aunque sus ojos marrones
se aproximaban a los de ellas, el entorno de sus pobladas cejas, le daban una
frescura en el rostro, que sus antecesoras jamás alcanzaron. La figura de Eugenia
era mucho más esbelta y proporcionada además, ella tenía curvas, característica
que no compartía ni con su madre, ni tampoco con su abuela. Antonia tenía un
cuerpo delgado y alto que nunca había conseguido domar. Era guapa, pero no
bella. No al menos como Eugenia. La chica tenía una belleza dulce y brillante,
la chispa de su mirada aún no encendía corazones, pero todos sabíamos que ya lo
haría, y el día que eso ocurriese, sin dudas no pasaría inadvertido. Su piel
blanca y el cuerpo plenamente desarrollado completaban un combo de armonía.
Mirar a Antonia tendía a imaginársela como dos palos con abrigo de piel, seria
y rígida. Mirar a Eugenia era placentero y emocionante.
Emilia se puso de pie en cuanto percibió la llegada
del cura y estiró su cabeza todo lo que pudo para destacarse entre sus
compañeras de banco, lo que le dio más aspecto de palo. Antonia y Eugenia
siguieron su gesto y se pusieron en pie. Eugenia miró a las dos mujeres que la
acompañaban mientras repetían palabras que se sabían de memoria sospechando que
quizás ni siquiera reparaban en su significado. Después, se volvieron a sentar.
Ninguna de las dos la miró en el resto de la ceremonia. La joven iba alternando
miradas de una a otra y las comparaba con el resto de mujeres que había allí.
Se veían pocas adolescentes de su edad, pero las
que había parecían estar concentradas en lo que estaban haciendo. Giró la mitad
de su cuerpo y dirigió su mirada hacia la luz que se colaba por debajo de la
gran puerta de madera, pero un pellizco de su madre la hizo volver la mirada al
frente.
Antonia no la retó, sino que siguió concentrada con
la frente alta y sus ojos puestos en el majestuoso altar. Mientras Eugenia se
frotaba la zona dolorida del brazo se puso a pensar en su madre cuando no
estaba en la iglesia. No le sorprendió descubrir una Antonia muy diferente a la
que se encontraba allí, pendiente de sus movimientos, y con la sospecha de
creer que seguramente estaba fingiendo que atendía las palabras del cura. Nunca
la había visto agarrar la Biblia, incluso no sabía si tenían una en la casa, pero
era probable, porque todas las habitaciones estaban plagadas de estampas
religiosas y cuadros enormes de Vírgenes y Cristos en su cruz. Todas menos el
dormitorio principal donde ella dormía y por supuesto nadie ingresaba. Tampoco
la había oído rezar. Ni siquiera sentía que aquella mujer fuera cristiana. Es
como si su madre solo acudiese a misa para exhibirse los domingos ante los
vecinos y para exhibirla a ella también. ¿Pero entonces? ¿Creía su madre en lo
que hacía allí los domingos? Eugenia cerró los ojos y frunció el ceño mientras
continuaba sin separar sus manos entrelazadas. Poco a poco, descubrió que ella
no estaba pendiente de las palabras que se estaban leyendo en el atril, sino
que observaba con descaro a la gente que estaba en la misa. Movía los ojos con
rapidez de un lado a otro, pero sin dejar de repetir como un loro las palabras
que todos pronunciaba.
Cansada y aburrida, agachó la cabeza y miró sus
pies. ¡Ella estaba dispuesta a sacrificar las tardes de los domingos si eso era
importante para su madre? Entendía, a sus dieciséis años, que la fe en la
religión era regocijo para mucha gente, pero para su madre sólo parecía ser un
entretenimiento. Sintió que Antonia se estaba riendo de toda la gente que
estaba allí por verdadera devoción. Incluso sintió que se reía de ella misma al
tratarla como un trofeo que podía enseñar a las vecinas una vez por semana. Eugenia,
a su edad y desde su ignorancia, se sintió insultada por tanta frialdad tanto
de su madre como de su abuela. Entendió porque después de misa las tres iban a
la confitería “El Águila” la esquina de la plaza y se pasaban horas hablando
sobre las enfermedades de los demás o de lo muy sonrientes que entre algunos se
saludaban, imaginando tramas de secretos y complicidad entre sus vecinos. Pero lo
peor era escuchar los comentarios y suposiciones sobre los motivos por los
cuales algunos y algunas no fueron, ¿Estarían enfermos? ¿No eran tan
correctamente católicos como ellas? ¿Estarían haciendo algo mejor? Todo estaba
dicho en esa mesa.
-Y yo que creía que las estaba decepcionando por no
estar segura de si creer o no…- Se dijo Eugenia, mientras la vergüenza le subía a su rostro.
Tenía ganas de gritar, de enojarse con su madre y con su abuela, pero sabía que
no era el momento. Intentó calmarse cuando les tocó volver a levantarse, pero
aquel descubrimiento la había dejado incapaz de controlar sus emociones.
-Yo, que no creo, o que no sé si creo, aguanto aquí
cada domingo palabras que no tienen ningún efecto sobre mí. Intento comportarme
de manera correcta según las enseñanzas de la Iglesia, porque pensaba que ése
era el modo en el que mi madre deseaba que me comportara para ser una buena
persona.- Se apartó el flequillo de la frente y se lo colocó tras las oreja,
dio un rápido repaso a las personas que sonaban en un unísono murmullo y nadie,
absolutamente nadie le devolvía la mirada, sintió que todos estaban como en un
trance y sintió escalofríos.
– Seguro mi
madre quiere para mí algo que no quiere para ella, se repitió internamente. Y
eso es injusto. Ella puede decidir qué es bueno para mí o qué no lo es. ¿Pero
cómo querría alguien algo para su hija que no considerase bueno para sí mismo?-
Volvieron a sentarse todos. Todos menos Eugenia.
Su madre enseguida la agarró de la muñeca y tiró de
ella una sola vez, obligándola a sentarse antes de que alguien se diera cuenta
de su despiste. Pero Eugenia no estaba
despistada. Al contrario, estaba más atenta que nunca. Sin mirarlas o
despedirse, salió hacia el pasillo central y, ante el profundo silencio de la
iglesia y el asombro de sus vecinos, salió caminando lentamente hacia tenue luz
del sol que apenas asomaba por debajo de la puerta principal. Cuando alcanzó la
vereda se dio cuenta que sus piernas comenzaron a temblar, pero no se detuvo.
De repente se vio corriendo en dirección al cine Italia, mientras el viento
golpeaba su rostro, extrañamente vivo como pocas veces lo había sentido. Si se
apuraba, creía que aún podía llegar antes de que empiece la película. Sonrió,
abriendo mucho la boca, imaginado los rostros asombrados de su madre y su
abuela. Era la primera decisión que tomaba por ella misma y le había gustado,
aunque imaginaba que las consecuencias entre otras cosas, serían largos y
tediosos debates sobre los principios de la fe y lo pecaminoso de actos como
los que ella se había atrevido a ejecutar.
Con
los años aprendió a no cuestionar tanto las idas a la iglesia y eso la hizo
relajar. Paso más tiempo y aprendió a escuchar, aprendió a ver su interior.
Aprendió a emocionarse al cantar los salmos y la a alegría de sentirse parte de
la fe. Sus creencias tomaron forma en la música, en las voces y en las manos
elevadas al mismo Cristo de la cruz, que la infantil rebeldía adolescente le
había hecho cuestionar. Ya no le preocupó verse que ella también comenzaba a
recorrer el mismo camino de su abuela Emilia y su madre Antonia. Ellas ya no
estaban en esta vida y se sorprendió yendo cada domingo a las ocho justo
después de verlas partir. Emilia primero, victima de repentino paro cardíaco.
Antonia no soportó la perdida, habían estado mucho tiempo juntas los últimos
años.
Quizás
obra del destino o del mismo Señor que opera de maneras misteriosa, que el
veintiuno de Agosto pero en dos años consecutivos se iban las dos y la
casualidad se completa cuando exactamente el mismo día del año siguiente,
llegaba María Emilia Antonia, su amada hija, la que hoy está como cada domingo
sentada a su derecha, con hermosos quince años en el mismo banco donde aquel día
decidió empezar a ser mujer.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Por una Queresita - Cuento Gaucho.
Por Arnold Coss
Hace algunos años, escudriñando
en la biblioteca que tenemos en la casa de Tapalqué, encontré un libro de
cuentos del autor Rafael Darío Capdevila, que se llama “Cuentos del Caminante”.
Cuando lo saque, la verdad no
tenía muchas expectativas sobre si me interesaría o no. Pero, (siempre hay un
pero), dio la casualidad que lo abrí casi al medio, justo en la página 139 y
ahí estaba, un cuento muy interesante, con una buena descripción de los hechos y
me atrapó de entrada. No me llevó más de cinco minutos leerlo, pero ese cuento
me quedó gravado en la memoria. Ninguno
de los 82 cuentos restantes del libro me gustó tanto y es por ese motivo, que
hoy lo comparto con Uds. esperando los divierta tanto como a mi. Este cuento tiene la magia del escritor
gauchesco, con lo divertido, en algunos pasajes, con lo bolacero en otros y con
el especial detalle de la escritura en el idioma gaucho original. Tuve que hacer un esfuerzo extra al
escribirlo tal cual el libro, pero vale la pena. Esta historia tiene algunas
cosas que me vienen a la mente como anécdotas de algún antepasado. Por ahí habrán
sido contadas por mi viejo a lo largo de tantos años viviendo en los campos y
montes desolados, haciendo estanques y casas a los puesteros. Quizás alguna historia
de mis abuelos Pedro o de Juan Antonio, vaya uno a saber por donde me vinieron
los recuerdos, pero como de eso se trata este blog. Vamos con el cuento.
A continuación el texto
exactamente como está escrito.
“POR UNA QUERESITA
Una güelta, cuando yo era muchacho de
unos veintitantos años, me salió una changa con un hombre que araba por un
tanto en “La Margarita”. Precisaba un pión pa la rastra. Me pagaba 50 centavos
por día y comida. Era tiempo ‘e verano, en la época que regentiaba la estancia
“El gurrión”. Yegué como a la entrada del sol, casi a boca ‘e noche. El hombre
ya tenía hecha la cena. Comimos y los juimos a dormir. Él arriba ‘el vagón,
ande se había fabricao como un toldo. Yo me eché abajo, entre las ruedas, ande
tendí un cojinillo. Antes de salir el sol los levantamo. Hice juego, tomamos
unos mates y salimos a trabajar. Como a las 11 viene y me dice:
-Ara te vas y desatás. Mientras
yo yevo los cabayos a pastiar, te haces un guiso. La carne está en una bolsita,
colgada abajo ‘el vagón…-.
Me voy a la cocina –que eran dos chapas
locas nomás-, hago juego, pongo l’agua a calentar, echo un poco ‘e grasa en la
oyita con una cebolla picada y voy y desato la bolsita. ¡ Dios Libre y
guarde…!- Taba verde…!, yenita ‘e querezas. Me fijo bien y veo que hirve ‘e
gusanos. En eso yega el patrón. Voy y le digo. Me contesta muy tranquilo:
-Ahh…!, eso no es nada m’hijito.
Los gusanos son de la mesma carne. Hacela asada y vamos a comerla nomás…-.
-No señor, yo no la como…- le
digo.
-Hace como querás, che…- me
contestaba. Ahí nomás pegué media güelta, ensiyé y me vine pal pueblo.
Dospué supe que se había andao
acordando que yo ma la daba de delicado, que en el pueblo quien sabe qué
porquerías comería y que por una queresita me había mandao mudar. Pensando en las casa en lo que usté me contó
que en “San Gervasio” uno que estaba jugando a las bochas se comió un sapito
vivo que cruzaba la cancha, yo he conocido un hombre en Espigas, que comía
perros. Y yo mesmo, una güelta que había salido sin un rumbo, juí a parar a la
casa de un chacarero de Alvear. Pensé entre mí: Si no agarro junta agarro la
hora ‘e comer. Y así jué. Me dieron un estofao riquísimo. Dospué que he comido
me dice el hombre:
-Sabe
lo que ha almorzao…?-
-Seguro
no estoy, señor…- le contesto.
-Usté
ha comido vizcacha pichona…- Y me enseñó este chacarero –que arrendaba campo de
Orella- cómo había que prepararla. Güeno, golviendo a lo que l’eiba estirando:
Yo he tomao mate con yerba asoliada, mi
mamá más de una vez tuvo que pedir un güeso emprestado pa hacer el caldo, pero
de ahí a comer gusanos ¡eso nunca…!, por más estómago ‘e perro que haiga sido
por necesidá.
Fin
Espero que las estrofas que le
siguen, sean tomadas como para redondear el asunto nada más, pero también te
quedan guardadas como recuerdos en algún lugar. Van estos tres versos del
Martín Fierro.
1026
Dicen que las cosas van
con arreglo a la ordenanza.
¡Puede ser! Pero no alcanza.
¡Tan poquito es lo que dan!
1027
Algunas veces, yo pienso
y es muy justo que lo diga,
sólo llegaban las migas
que habían quedao en los lienzos.
1028
Y esplican aquel infierno
en que uno está medio loco,
diciendo que dan tan poco
porque no
paga el Gobierno.
Nota: Me gustan los cuentos de gauchos, debo tener un porcentaje
gauchesco en algún lado seguro, sobre todo cuando me siento en el banquito tres pata,
con asiento de cuero de lonja, abierto de patas, la pava en la derecha y el
mate de calabaza en la izquierda, mirando el fuego, oliendo a eucaliptus y una
frase de años guardada en mis recuerdos y dicha como al descuido…. “.. me fui como
quien se desangra.”
jueves, 16 de agosto de 2012
Father & son - Padre e Hijo
Por Arnold Coss
Padre e hijo
No es momento de hacer cambios,
sólo relajate, tomalo con calma,
todavía sos joven, ése es tu defecto,
hay demasiadas cosas que tenés por conocer.
Encontrá una chica, establecete,
si querés podés casarte.
Mirame a mí, estoy viejo,
pero estoy feliz
Alguna vez fui como vos sos ahora
y sé que no es fácil
quedarse quieto cuando encontraste
algo para seguir.
Pero tomate tu tiempo, pensá mucho
porqué, pensá en todo lo que conseguiste.
Porque mañana aún vas a estar aquí
pero tus sueños puede que no
Qué tengo que hacer para explicarlo,
cuando lo intento, él vuelve a rechazarlo.
Siempre ha sido lo mismo,
la misma vieja historia.
Desde el mismo momento en que pude hablar
se me ordenó que escuchara.
Ahora hay un camino, y sé que tengo que irme.
Lo sé, tengo que irme.
No es momento de hacer cambios,
sólo siéntate, tómalo con calma,
todavía sos joven, ése es tu defecto,
hay demasiadas cosas por las que tenés que pasar.
Encontrá una chica, establecete,
si querés podés casarte.
Mirame a mí, estoy viejo,
pero estoy feliz
(Salí, salí, salí, yo sé que tengo que tomar esta decisión solo, no)
Todas las veces que he llorado,
guardándome todas las cosas que sabía.
Es duro, pero es más duro
ignorarlas.
Si ellos tuvieran razón, yo se la daría,
pero sabés que ellos son ellos, no yo.
Ahora hay un camino y sé que tengo que irme.
Lo sé, tengo que irme.
(Pará, pará, pará, ¿por qué tenés que irte y tomar esta decisión solo?)
Si bien la canción me gustaba por ritmo y por simpleza, el tema de la letra no lo tenía muy claro. Cuando entendí y supe de que se trataba, en principio, me identifiqué plenamente con el hijo, porque la letra la supe, cuando tenía unos veintipico. Ahora con el tiempo, fui viendo que el padre también tiene su buena parte de razón (si es que hay que buscar alguna), pero me parece que todo argumento parece destinado a manejar la idea previa del otro, a convencerlo de que tenía y tiene la razón, y en este dilema, me encuentro y se encontrarán Agus y Nico seguro y no faltará el ojo crítico de la madre, que resolverá en consecuencia, la parte que me falte a mi, cuando sea necesario.
La primera vez que
escuché Father & son fue hace casi treinta y cinco años. Era
invierno, atardecía y yo tomaba un café en un bar semivacío cuyo perímetro
vidriado se situaba en una de las esquinas de la Plaza Constitución de la
ciudad de Gualeguay, bajo un cielo ceniza y junto al gris de los adoquines que
se convertían abruptamente en asfalto en ese preciso lugar. La última vez que
la escuché fue hace unos días, en la radio, seguramente programada por algún
musicalizador, ( imagino), que ronde los cincuenta y pico de edad. En ese momento
me dirigía justamente a Gualeguay, a saldar unas cuentas pendientes, uno de mis
viajes más triste. Se cerraba una puerta confusa y de largos debates éticos y morales.
La primera vez que la
escuché, no sabía que su autor e intérprete era el británico Steven Georgiou,
un hijo de griego y sueca que usaba el seudónimo artístico de Cat Stevens y que
por entonces ya se había convertido a la fe musulmana y cambiado su nombre a
Yusuf Islam. ( esto lo supe hace muy poco). También me enteré que por ejemplo
que en algún momento el gobierno de los Estados Unidos desvió un vuelo
comercial con destino a Washington, hizo bajar a Stevens/ Islam en el
aeropuerto de Bangor y lo fletó de nuevo para Londres. Es, más o menos, como si
Uruguay impidiera la entrada de Nito Mestre en nombre de la seguridad nacional,
una payasada más de yankilandia.
Father & son es una canción
"mínima" como todas las de Stevens, aunque no pueda decir que las
conozca todas, pero sí unas cuantas. Padre
e Hijo, habla de modo sencillo de cosas sencillas, la música también es
sencilla y sin muchos arreglos. Nunca me he cansado de escucharla y en una
época, le dí seguido al estéreo que teníamos en el departamento de Paraguay y Billinghurst, con el casette original, creo que era
de Claudio Carraud, ahora no me acuerdo mucho. Me enteré también que Stevens,
hacia las voces en la versión original, es decir la del Padre y la del Hijo con
una particularidad (muy comprobable en el disco) las voces en algunos tramos se
superponían, con lo cual en vivo, el tema requería si o sí de otro cantante,
cada una hablando de lo suyo.
Me copié la letra de Google,
y como yo de ingles se casi nada, les dejo a los que si saben (Laura Zignego
puede ser), que corrija si está algo mal.
Father & son
It's not time to make a change,
just relax, take it easy,
you're still young, that's your fault,
there's so much you have to know.
Find a girl, settle down,
if you want you can marry,
Look at me, I am old,
but I'm happy.
I was once like you are now
and I know that it's not easy
to be calm when you've found
something going on.
But take your time, think a lot
why, think of everything you've got.
For you will still be here tomorrow
but your dreams may not.
How can I try to explain,
when I do he turns away again.
It's always been the same,
same old story.
From the moment I could talk
I was ordered to listen.
Now there's a way and I know that I have to go away.
I know I have to go.
It's not time to make a change,
just sit down, take it slowly,
you're still young, that's your fault,
there's so much you have to go through.
Find a girl, settle down,
if you want you can marry.
Look at me, I am old,
but I'm happy.
(Away, away, away, I know I have to make this decision alone, no)
All the times that I cried,
keeping all the things I knew inside.
It's hard, but it's harder
to ignore it.
If they were right, I'd agree,
but it's them you know not me.
Now there's a way and I know that I have to go away.
I know I have to go.
(Stay, stay, stay, why must you go and make this decision alone?)
It's not time to make a change,
just relax, take it easy,
you're still young, that's your fault,
there's so much you have to know.
Find a girl, settle down,
if you want you can marry,
Look at me, I am old,
but I'm happy.
I was once like you are now
and I know that it's not easy
to be calm when you've found
something going on.
But take your time, think a lot
why, think of everything you've got.
For you will still be here tomorrow
but your dreams may not.
How can I try to explain,
when I do he turns away again.
It's always been the same,
same old story.
From the moment I could talk
I was ordered to listen.
Now there's a way and I know that I have to go away.
I know I have to go.
It's not time to make a change,
just sit down, take it slowly,
you're still young, that's your fault,
there's so much you have to go through.
Find a girl, settle down,
if you want you can marry.
Look at me, I am old,
but I'm happy.
(Away, away, away, I know I have to make this decision alone, no)
All the times that I cried,
keeping all the things I knew inside.
It's hard, but it's harder
to ignore it.
If they were right, I'd agree,
but it's them you know not me.
Now there's a way and I know that I have to go away.
I know I have to go.
(Stay, stay, stay, why must you go and make this decision alone?)
Padre e hijo
No es momento de hacer cambios,
sólo relajate, tomalo con calma,
todavía sos joven, ése es tu defecto,
hay demasiadas cosas que tenés por conocer.
Encontrá una chica, establecete,
si querés podés casarte.
Mirame a mí, estoy viejo,
pero estoy feliz
Alguna vez fui como vos sos ahora
y sé que no es fácil
quedarse quieto cuando encontraste
algo para seguir.
Pero tomate tu tiempo, pensá mucho
porqué, pensá en todo lo que conseguiste.
Porque mañana aún vas a estar aquí
pero tus sueños puede que no
Qué tengo que hacer para explicarlo,
cuando lo intento, él vuelve a rechazarlo.
Siempre ha sido lo mismo,
la misma vieja historia.
Desde el mismo momento en que pude hablar
se me ordenó que escuchara.
Ahora hay un camino, y sé que tengo que irme.
Lo sé, tengo que irme.
No es momento de hacer cambios,
sólo siéntate, tómalo con calma,
todavía sos joven, ése es tu defecto,
hay demasiadas cosas por las que tenés que pasar.
Encontrá una chica, establecete,
si querés podés casarte.
Mirame a mí, estoy viejo,
pero estoy feliz
(Salí, salí, salí, yo sé que tengo que tomar esta decisión solo, no)
Todas las veces que he llorado,
guardándome todas las cosas que sabía.
Es duro, pero es más duro
ignorarlas.
Si ellos tuvieran razón, yo se la daría,
pero sabés que ellos son ellos, no yo.
Ahora hay un camino y sé que tengo que irme.
Lo sé, tengo que irme.
(Pará, pará, pará, ¿por qué tenés que irte y tomar esta decisión solo?)
Si bien la canción me gustaba por ritmo y por simpleza, el tema de la letra no lo tenía muy claro. Cuando entendí y supe de que se trataba, en principio, me identifiqué plenamente con el hijo, porque la letra la supe, cuando tenía unos veintipico. Ahora con el tiempo, fui viendo que el padre también tiene su buena parte de razón (si es que hay que buscar alguna), pero me parece que todo argumento parece destinado a manejar la idea previa del otro, a convencerlo de que tenía y tiene la razón, y en este dilema, me encuentro y se encontrarán Agus y Nico seguro y no faltará el ojo crítico de la madre, que resolverá en consecuencia, la parte que me falte a mi, cuando sea necesario.
www.youtube.com/watch?v=4vHyzGslkWM
miércoles, 1 de agosto de 2012
Los vaivenes del frío y del calor - Días de locos que le dicen
por Arnold Coss
Cuando yo era chico, en invierno hacía frío y en verano hacía calor.
PD: No viene al caso
en esta historia, pero no sabía donde carajo meterla. ¿Se acuerdan de haber
cazado mariposas durante las interminables hs. de siesta de septiembre, con
ramas que cortábamos de los árboles recién florecidos? Me acuerdo de eso y se
me cae un lagrimón… más aún si veo a mis hijos compenetrados frente a la computadora,
durante horas y horas sin salir a ver el sol.
Cuando yo era chico, en invierno hacía frío y en verano hacía calor.
Durante mi infancia era común que el pasto amaneciera escarchado y que
se congelara la superficie del agua en un balde que dormía a la intemperie. Yo
no vivía en Alaska sino en Gualeguay, una tranquila ciudad de la provincia de
Entre Ríos. Como en invierno hacía frío, uno se abrigaba. Mi madre me abrigaba
seguramente demasiado: camisetas de algodón y de lana, camisas leñadoras,
pullover, camperas (si había), bufandas y, a veces, una gorra con orejeras.
Ahora que lo pienso, casi como si hubiera vivido en Alaska. Pero que hacía
frío, hacía frío y en todos lados: en mi casa, en la escuela y en otros tantos
lugares que frecuentaba.
En verano, hacía calor y uno se desnudaba hasta donde permitían las
buenas costumbres y los usos sociales. El mundo climático de mi infancia era
claro en términos de temperatura y uno, a grandes rasgos, sabía a qué atenerse.
Después vinieron el calentamiento global, el efecto invernadero y el agujero de
ozono, ya no se supo cómo carajo salir vestido y pasó a la historia aquello de
guardar la ropa de invierno porque pueden darse 35° en mayo pero volver los 10°
ó 12° en mitad de octubre.
Pero el tema no es la fragilidad climática que, en definitiva, tal vez
no sea de tal magnitud y a mí me lo parezca porque ahora vivo en el centro,
porque con los años cambió mi metabolismo o simplemente porque recordamos lo
que se nos da la gana y lo deformamos a nuestro antojo.
El tema es que ese presunto cambio del clima se dio junto a unos
maravillosos inventos tecnológicos tales como el aire acondicionado y los
equipos frío/ calor que, a su vez, provocaron una mutación de la especie
científicamente denominada el ingeniero en refrigeración y calefacción como
mi amigo Ricardo Osinalde (el mejor curro que he escuchado). Y ahí sí que
la cagamos porque se ha demostrado una mutación más apta y, por lo tanto,
dominante del hábitat y ecosistema del ser humano.
Desde entonces, las exageradas prevenciones de mi madre se volvieron
inútiles porque abrigarse para un día de 8° resultó inconveniente para sufrir
los 26° de un espacio cerrado en el cual uno debe permanecer -por ejemplo,
porque es su oficina de trabajo- y lo mismo cuando en la calle el termómetro se
clava en 36° y dentro de la oficina, a duras penas, se alcanzan unos 18°.
Además, esta mutación refrigerante/ caloventora que, como otras, dice no poder
hacer nada porque la temperatura depende del "sistema", parece
manejarse con los rigores del calendario antes que con la temperatura ambiente.
Entonces, si en julio el termómetro sube a 25°, porque estamos en el mes de
julio y en julio, ¡calefacción! Y si en enero baja a 15°, ¡refrigeración! Y ya
no se puede ir al cine en verano porque hay que llevar más ropa que para
conocer Río Gallegos, ni en invierno porque uno parece estar cruzando las
selvas del Ecuador.
Una opción sería volver a guardar la ropa de invierno pero en la oficina
y, luego, la de verano -dejar un short y un par de ojotas para trabajar cómodo
durante agosto- pero de todos modos quedaríamos indemnes en otro montón de
sitios donde estamos obligados a pasar un rato vestidos para otra ocasión.
Éste es el verdadero
cambio climático de nuestra época: el que impulsan los mutantes del frío/ calor
que, junto a otras mutaciones aún más peligrosas, van a terminar por hacer
llover.
martes, 10 de julio de 2012
Un pasado y sus amores
por Arnold Coss
Cuando
conocí a Carolina, inmediatamente me asalto esa sensación de deseo. Su figura,
sin mucho volumen, quizás no dejaba que se apreciara realmente como era. Su
pelo negro enrulado, irresistible y seductor cuando se lo presentaba húmedo,
con ese olor tan característico a vainilla suave. Su rostro era perfecto, su
mirada tranquila, le ponía el broche ideal a sus ojos negros sin final. Verla
sonreír era el mejor regalo, sus labios tan finos y sutiles encantaban a
cualquier fiera indomable, que quisiera atraparla.
Tuvo
muchos amores, algunos los conocí y de otros, solamente escuche sus historias,
veré si puedo recordarlos tal cual me vienen los recuerdos.
El
primero que aparece es el Sr. (vamos a llamarlo) Divertido. Se fue haciendo mayor a medida que pasaron
los años. Sabía que lo quiso mucho, casi tanto como el dolor que le causó
su ausencia, pero no dejo de ser un amor de primeriza, en el que pudo confundir
todo con las hormonas revueltas por una gran pasión. Su pelo ahora es cano y ha
dejado de ser el aprendiz de vividor que fuera, para sentarse en el gran sillón
del “Señor”. Su risa contagiosa, es la misma; su sonrisa que enamora, aún la
conserva. Ella lo ha visto y sabe que la vida lo ha tratado bien, por supuesto
está contenta con eso.
Al
Sr. Divertido le sobrevino un tal Sr. Psicópata, un ser con quien compartió
tres años de su vida y se pasó los tres preguntándose qué es lo que realmente
querían los dos. Cuando lo descubrió, supo que la mejor idea era perderlo de
vista. Su enfermedad no fue diagnosticada en forma oficial, pero ella que no
tenía ni un pelo de tonta, supo atar los
cabos sueltos y se la diagnostico, segurísima de no equivocarse. Ahora
está totalmente calvo limitando sus hazañas de escaladas a la subida y
bajada de alguna que otra escalera de boliche en decadencia y sigue ganándose
la vida con su honorable profesión de Abogado.
Cuando
el Sr. Equilibrio apareció en su vida, ella estaba reluciente, era su mejor
momento, transmitía paz y seducción casi sin proponérselo. El permanece igual,
sin alteraciones aparentes, sereno, buscando el amor y compañía de una mujer
sumisa, que entienda que ser florero tiene su encanto, pero ella siempre se
negó a aceptarlo. Sigue inalterable el ritmo de su envidiable vida sin
obligaciones, excepto disfrutar de su quinta, sus caballos y su tranquilidad,
porque dejó en el camino de la vida, cualquier sujeto y pronombre que no
sea “yo” y/o ”mi”, él primero, él segundo, él tercero, él único. Lo cierto es
que aún (lo sé) ella lo mira con mucho cariño; 5 años compartidos, en los que pasaba
de ser florero a reclamadora encarnizada de sus derechos básicos, con una
fluidez sin pausas, han supuesto muchas vivencias, y la verdad, si no fuese por tanto egoísmo
demostrado, él hubiese sido sin dudas la mejor historia de amor en su vida.
Cuando
le conocí al Sr. Mentiras me reí con ganas, este muchacho llegaba en un
momento equivocado y a ella la vi cansada. El caso es que también se puso a
revolotear, analizando desde la altura de su sillón de psiquiatra al resto de
los personajes comentados. Le observé su sonrisa picarona que sagazmente emitía
un diagnóstico sobre cada uno de los anteriores, y me pareció percibir una
ligera complicidad con el Sr. Psicópata, quizás por compartir la misma
enfermedad, en la que la locura y la mentira vuelven loco a cualquiera que los
trata. Hace poco me lo cruce y no ha cambiado demasiado; sigue llevando el
disfraz de cordero para disimular la locura que lleva adentro. Se cree en el
sueño de ser el lobo feroz con el que sueñan todas las mujeres. Lo cierto es
que su estrategia le da resultados; fugaces por su constante necesidad de
seguir enamorando como receta para mantener la hombría que la naturaleza le
está negando, pero resultados al fin y al cabo.
Me
di cuenta como observaba envidioso el equilibrio del Sr. Equilibrado, del que
tanto ha oído hablar y al que tanto ha criticado.
Ella
jugó un rato también con sus sentimientos, pero en la disputa, salió perdiendo.
Me confesó que no podía engañarse y reconocer la puntada de dolor por tanto
amor que este maestro de la seducción le desató.
Derramó
lagrimas enloquecida sobre su pecho, ahí justo arriba de su corazón helado, como el de cualquier otro
psicópata. Aun se que sigue intentando perdonarse tanta torpeza en la entrega,
pero, en definitiva, su amor fue limpio y sano como él le reclamó, y eso,
aunque no compensa ni justifica tanto dolor, la calma en sus pensamientos.
Entre
todos estos Señores, cada tanto, aparecía en momentos fugaces, mi buen amigo el
Sr. Aventura. Este personaje, sin ataduras ni moldes, se conformaba, aún
compartiendo un rato de su pasión. Aventura, la desquicio hasta lo inimaginable
en sus primeros encuentros, hasta que comprendió como funcionaba y allí lo dejo
volar y por supuesto SIEMPRE, lo dejo volver a anidar en su cama. Fueron necesarios
muchos encuentros para poder tolerar sus partidas, pero nunca superó el
balbuceo que le provoca el solo hecho de escuchar su voz del otro lado de la
línea.
Seguramente
Aventura, tenga muchas otras Carolinas invitadas a sus fiestas, pero estoy
convencido que ella ocuparía siempre el sillón de la derecha en la mesa de sus
conquistas. Este Señor, de reputación de amante bien ganada, (entre sus
victimas), tiene la delicada particularidad de moverse entre ellas solamente
mirando, cómplice y con el record absoluto, de jamás haber sido descubierto.
Me
queda la vaga esperanza de considerar que, ojalá alguna vez mi amiga Carolina,
encuentre su verdadero y sano amor. Seguramente, tendrá una mezcla bastante
rara y un toque de cada uno de sus anteriores, pero de eso que se ocupe ella,
yo cumplí con mi parte de recordarle su pasado.
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